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ubu roc

La Última Disquería

FaviconILUMINACIONES 8 Jan 2009, 1:13 pm


Una vez, no hace mucho, yendo hacia la Ciudad Universitaria a cursar un par de materias con el objetivo de poder luego asistir a algunas clases de la carrera de Letras en la UBA (lugar del que luego huyera rápidamente: pestilente antro donde estudiantes crónicos se pasan la vida haciendo política de estudiantina tercermundista, confundiéndolo todo), tuve lo que, tiempo después, Andrea calificara como “iluminación”. Podría explicar la sensación muy vagamente: mientras caminaba por los parques que anteceden a los pabellones donde se desarrolla la actividad estudiantil (la caminata era larga desde la estación de trenes Scalabrini Ortiz hasta el último edificio del complejo) el sol, repentinamente, se dejó caer suavemente sobre la totalidad de mi piel, como al unísono en cada rincón de mi cuerpo en un suceso de simultaneidad para mí sin precedentes. Al mismo tiempo sentí como que el cuerpo se relajaba y se alivianaba de tal modo que me pareció flotar mientras avanzaba. Y los pensamientos se evaporaron subrepticiamente. Un instante de despreocupación absoluta, un momento que se escurrió como agua entre los dedos y que me dejó en un estado de gracia que duró un buen rato (tal vez hasta diez minutos): “Si está todo bien, Germán, claro”, fue el pensamiento en bajorelieve que quedó luego de esa mágica millonésima de existencia. “Te viste sorprendido en el tiempo presente, eso es lo que se llama iluminación”, dije antes que me dijeron unos meses luego del suceso, cuando se lo relaté a Andrea.
Puedo recordar dos momentos similares más a lo largo de mi vida (o de la memoria actual de lo que fue mi derrotero). Uno fue mientras caminaba cruzando el Congreso de la Nación. Era una noche de Septiembre y prefiero dejarlo así como críptica mención ya que es algo que pertenece a mis “theatre years”, extraño período que dejo para otros capítulos de esta enciclopedia de sinsentidos que bien podría titularse “For no one”.
Bueno, a ver… La más vieja de mis iluminaciones no transcurrió en estas desoladas pampas. El 21 de Septiembre de 1994 tenía entrada para ver a Ride en el Royal Albert Hall. Presentaban lo que para mí es su mejor disco, “Carnival of Light”. Para disfrutar la velada desde el principio entré al Hyde Park por Lancaster Gate. Desde esa puerta, si agarrás siempre derecho, terminás topándote con el Albert Hall. Con pasos lentos fui, entonces, contemplando el siempre cautivante paisaje del céntrico parque londinense, parando en este y en aquel banco para observar mejor, para mirar más despacio, para que el cruzar el parque dure treinta o cuarenta minutos en lugar de siete. A la derecha el lago, la Statue of Physical Energy (“justo a mí me lo viene a decir…”), monumento ante el cual, una y otra vez, sin importar el paso del tiempo, me detengo boquiabierto no menos de diez minutos; perros, verdes y curvados bancos, senderos, hombres y mujeres. Todo mientras nos vamos acercando al magnífico Albert memorial. Ordenada su construcción por Queen Elizabeth en memoria de su esposo King Albert. De estilo gótico-victoriano, fue diseñado por Sir George Gilbert Scott, de quien seguramente se han inspirado Gilbert and George para bautizarse. La estupenda estatua dorada del Rey Albert es realmente impresionante. Allí, en las escalinatas circundantes al memorial, se hace la última parada (o mejor dicho sentada) antes de salir del parque para cruzarse al fastuoso Royal Albert Hall.
El soporte de Ride ese miércoles dulce y liviano era Supergrass. Pero a ver si me explico. Era Supergrass, pero no era Supergrass. Porque vos estás leyendo esta palabrita que, en contexto rockero, tiene una carga y un preconcepto impresionantes. Nestún pre-digerido desde hace por lo menos 13 años. El soporte era Supergrass, una banda que no tenía en la calle ni un solo simple (Caught by the Fuzz sería editado un mes más tarde, a fines de Octubre de 1994), tres pendejos que aparentaban tener aún menos de los años que portaban: Gaz Coombes recién había cumplido dieciocho. Habían tocado una sola vez en the Jericho Tavern de Oxford en Abril del 94 y luego habían comenzado la gira de Ride como acto soporte, unos pocos días antes de la nochecita del Albert Hall. Es decir: Supergrass era Kalabalangaaasalmman (gracias Nicolino Roche). Era una palabra, sin carga: la muerte para los paladines de la cultura rockera de estas tierras. ¿Quién te avala a Supergrass el 21 de Septiembre de 1994? Yo no tengo el problema de los avales (y es por eso que siempre me perdió el tema de la música, los discos y los recitales: explorar en serio, desarrollar la intuición y el mecanismo de la propia neurona: definir mi gusto solito). Algunos necesitan avales del Sí de Clarín o de Rolling Stone (luego evolucionaron y comenzaron a precisar de los avales de la NME -siempre veinticinco años tarde, como mínimo: llegan cuando no queda nada, a comer de la basura, cartoneros culturales- o cualquier publicación siempre devaluada, en especial en contacto con ciertos cerebros), y salen los viernes a buscar el nombrecito de turno, con el suficiente aval externo del “gusto” propio. A mí, afortunadamente, nunca me ocurrió tal cosa.
El Albert Hall estaba acondicionado para la horda de juventud que lo visitaría aquella noche de Septiembre del hemisferio norte: nada de sus preciosas butacas tapizadas exquisitamente en “el piso” (o en el ground floor, o el “campo”, o como quieran llamarlo, you know what I mean). Sobre un piso adicional de sólida madera hileras de asientos de plástico con respaldo atornillados. Los asientos de cada hilera estaban unidos entre sí por barretas de hierro soldadas. Yo tenía fila tres (había llamado por teléfono a la agencia de tickets el mismo día en que se ponían a la venta, a la agencia de Argyll Street donde he dejado una millonada en booking fees a lo largo de los años) asiento no me acuerdo (bien al centro). Y me senté a esperar. Cuando sale Supergrass (perdón: Kalabalangaaasalmman) el recibimiento del público es casi de indiferencia: un teatro todavía al cincuenta por ciento de su capacidad emitiendo un murmullo casi continuo mientras se esperaba a Ride. Juro que nunca había visto tres tipos tan jóvenes apersonarse en un escenario tan impresionante e intimidante. Sus pequeños cuerpos, puro desgarbo adolescente, tomaron posiciones con una frescura deslumbrante. Mientras Danny probaba sus tambores dando algunos golpes frenéticos que no podían más que remitirme a Keith Moon y Mick se colgaba un muy pesado fender para su todavía escuálido cuerpo, Gaz, ya frente al micrófono y con su telecaster a cuestas dijo, mientras inclinaba su cabeza de lado y torcía la vista hacia el techo del recinto: “Ha, look Ma’… The Albert Hall…” Luego raspó sus cuerdas mientras el baterista comenzó a marcar el ritmo y se vino el vendaval. Un infierno esos tres pendejos, energía pura, frenesí y descontrol melódico como nunca había visto en un grupo pop. Era Caught by the Fuzz (supe luego cuando, al finalizar la canción, el cantante la mencionó y avisó que iba a ser el simple debut que se suponía salía en un mes o dos, según nos dijo a los presentes esa noche). La platea, atónita, observó boquiabierta todo el corto set del trío de Oxford prestando la mayor atención. Pero nadie se descontroló. Yo miraba hacia los costados como buscando cómplices a mi desmedida excitación, pero no me parecía encontrar un eco acorde a mi taquicárdica alegría. Es que estaban esperando otra cosa, no a los Kalabalangaaasalmman. Ellos habían pagado por Ride. A mí me habían devuelto el dinero, penique por penique, esos tres pendejos endemoniados.
Lo de Ride fue notable también, no me defraudaron. Arrancó Moonlight Medicine con una fuerza y una consistencia tales que toda la sala recibió un cachetazo descomunal. No habían pasado ni dos minutos desde que el grupo de Andy Bell y Mark Gardener había aparecido sobre el escenario y las cinco primeras filas de asientos habían desaparecido: la adorable indiada primermundista había levantado en andas a las filas de sillas y, en medio de un maremandum de cuerpos cálidos, las había arrojado con inconciencia hacia atrás. Magnífico rush adrenalínico con un soundtrack a la altura de todas las circunstancias del día.
En esa catedral del buen gusto, ese templo de la civilización, el rock es cierto y tiene su espacio. Es el ADN, es el inconciente colectivo de un pueblo con una historia y gallardía muy poco frecuentes. Yo era un testigo por error, un traductor improvisado, un indio suburbano que se voló de su tienda y emprendió un camino sin retorno: el de intentar decodificar lo ajeno, magnetizado por lo incomprensible. Y ahí es donde reside el atractivo: en lo incomprensible, justo lo que incomoda tanto a estos falsos profetas del rock que tan hinchado los huevos me tienen. Flacos: yo sí que no entiendo, ¿entienden?
Al salir ya eran las once de la noche. El Hyde Park cerrado, y yo caminando por su vereda, cruzando la calle desde el Albert Hall, tocando las rejas. Liviano como nunca, en un brevísimo instante de iluminación, de vida eterna. Se pasó pronto, prontísimo. Pero esta tarde lo recuerdo, con la vaguedad de lo reparador.

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FaviconI HAD A DATE WITH A PRETTY VALENTINA 7 Jan 2009, 6:48 pm


Hace poco y tras más de una década de estar suspendido el trámite sucesorio, se vendió la casa de mi abuela Aída. En esa casa nací, viví unos años pre y post pie-bot (los fatídicos primeros), luego pasó a ser tan sólo lugar de visitas familiares durante ocho años hasta que, finalmente, mis padres se volvieron a mudar a un departamento contiguo a “lo de mi abuela”. El de Aída era el departamento del fondo de una de esas casas chorizo, el número cinco. Si bien mis viejos hicieron su nueva casa (y por ende la mía) al departamento 4, yo hice mi habitación a la piecita del fondo de la casa de mi abuela: un cuarto lleno de humedad que estaba más allá del patio. Ahí, aprovechando la cama de una plaza y media otrora de mi bis-abuela Luisa (la abuelita Luisa), instalé mi centro musical con doble casetera (todo una excentricidad en aquellos años) de alguna marca japonesa de segunda línea (pero japonesa al fin), guardé mis discos y casetes en estantes del placard, y pasé mis horas jóvenes esperando todo lo que se puede esperar cuando no se sabe bien (ni mal) qué es lo que se quiere.
Todo era discos y cintas, conseguir la música de nombres nuevos (novedades sólo según el siempre pobre propio conocimiento) y chequearlos como para tildar un casillero más dentro de la absurda lista que pergeñaba, esa que algún día abarcase todo lo que existe de modo de poder morir en paz, eventualmente.
Debajo de la mesita que sostenía al centro musical siempre había alguna revista y la última carta que había llegado de Inglaterra escrita por aquél corresponsal anónimo con el que cambiaba discos hechos acá por discos de verdad (los made in allá, Wonderland), carta llena de absurdos balbuceos en un idioma que siempre me será ajeno (sí: el español no es la única lengua que nunca aprendí a usar con propiedad).
Las puertas centrales del placard permanecían abiertas porque ahí dentro yacían los discos, las revistas ya leídas, y flyers que venían con alguna de esas cartas que mencioné más arriba pegados sobre las paredes internas del ropero haciendo de pequeñas puertas por donde la cabeza solía escurrirse e iniciar un alucinante viaje hacia donde no somos, hacia el origen de todos esos discos, esos casetes y esos videos, esos objeto mágicos a los que en el fondo no les reconocía origen ni procedencia precisos (es decir conocidos o comprobados: a esa altura los viajes sólo habían ocurrido en mi imaginación), ni historia previa a la mía propia. Venían a ser como mis padres pero mucho mejores (peores): a los discos sí que los quería escuchar, y todo el tiempo.
Resulta entonces que hace pocas semanas se vendió esa casa, la de Aída… Pero antes intenté conservarla: pensé en la posibilidad de vender mi propia casa (“a house is not a home” así como “a house is not a motel”) para así poder retener la de mi abuela y, con unos ahorros, ponerla en condiciones para allí vivir lo que resta (siempre resta lo que queda). Desistí del asunto porque me agobiaba la idea de una venta y una compra (todo un pequeño infierno de trámites, legalidades y dolores de cabeza), además de una obra de refacción de grandes proporciones y, como frutilla del postre, una mudanza larga y dolorosa. Demasiado mucho para demasiado poco.
Luego y en muchas oportunidades, en el tiempo entre ocurrida la venta y el presente, pensé a todo el asunto como una lamentable pérdida. Pero esta tarde opino lo contrario: que no constituye una pérdida en absoluto. ¿Para qué quería volver a habitar esa casa? ¿Para entrar a esa misma piecita del fondo y desconocerla hoy más que nunca? ¿Para buscarme en el lugar equivocado donde precisamente yo nunca estuve? Hay un abismo de eternidades entre estos dedos artríticos que golpean las teclitas y el sólo recuerdo que hoy persiste de aquél habitante de la húmeda habitación del fondo de lo de Aída. Un abismo respecto del recuerdo y ninguna conexión ni similitud ni cosa en común con aquél ser en sí mismo. Se me hace imposible la idea de que yo haya habitado el cuerpo de estos recuerdos. Ni que este cuerpo que teclea ahora sea el mismo que aquél, aunque infinitamente envejecido y tan avanzado ya en el camino hacia la pudrición total.
Así, en mi apenas casa de West Florida, está mejor. A salvo de toda la humedad de esa piecita y, a su vez, dejando a salvo los recuerdos que persisten, aunque cada vez más imprecisos, distorsionados y caprichosos (léase mejorados y por ende más verídicos), en esta cabeza mohosa.
El moho de esta caverna dibuja tapas de discos: en continuo movimiento y danza macabra va cambiando la portada de turno, cual info-trans de un idiota incurable. Pero la que más garabatea cuando se piensa en aquella piecita es la de un disco editado en 1988.
En aquellos tiempos grababa casetes y videos de las cosas que iba recibiendo de afuera. De esta forma me hacía de dinero suficiente como para seguir comprando discos (siempre afuera vía mail-order) y pagar los costos de cartearse con extranjeros quienes me enviaban también, vaya obsesión, más discos y videos. Recuerdo que ponía avisos en Segundamano y en algunas revistas como CantaRock y alguna otra cuyo recuerdo prefiero evitar (suficiente bochorno con mencionar a esa que nombré): “Grabo discos The Cure, Siouxsie, Echo and the Bunnymen, The Stranglers, etc…” Así aparecían los compradores. Y compradoras. Ellas eran abrumadora minoría, claro. El rock siempre tuvo olor el a huevo como una de sus tantas peores cosas.
El asunto es que hoy recuerdo una vez más, y especialmente, a una chica; y con ella a un disco. La niña había aparecido para comprar alguna grabación, y luego reiteró presencias para canjear algo, o simplemente con el objeto de hacer sociales. Algunas cosas sueltas con las que bien se podría armar una historia, una de las que no sucedieron porque, como sabemos, todo lo que en verdad sucede es simple y justamente aquello único que se dejó de imaginar (tanto antes como incluso después del suceso): su nombre, Valentina; su piel blanca y el pelo muy negro, largo y lacio, su solo arito plateado en la oreja derecha; su ropa negra; su delgado cuerpo, de una delgadez de 16 años; sus dientes lechosos; sus ojos que todo lo imaginaban a falta de haber visto; el cubrecama de líneas y puntos que formaban figuras geométricas con el cuadrado como forma dominante; la ventana de cara al patio con la persiana americana entreabierta; la psoriasis insistente debajo de la manga larga y, mal de males, del slip; la calle San Pedrito donde ella vivía (la continuación de José M. Moreno, casi frente al cementerio de Flores, en unos mono-blocks); el colectivo 63 que se tomaba y las instrucciones una vez dadas para que, luego del descenso, encontrase mi casa (o la de mi abuela Aída, en la calle Morlote); el recuerdo de hacerle escuchar un disco mientras estábamos sentados al pie de la cama de plaza y media… El disco en cuestión había salido apenas dos meses antes en Inglaterra y yo ya lo tenía grabado en un casete que recién me había llegado con una carta desde ese bendito país (que se fundó allá en mi infancia a fuerza de tenaz y terca imaginación). Por esos días no paraba de escuchar ese álbum en mi walkman, a todo volumen, con las luces apagadas y tendido en la cama. Fascinado por los abruptos cortes de la sección rítmica (y los cambios de tempo como por deslizamientos repentinos pero lo suficientemente lentos, sin punto de quiebre en sí mismo), y por el truco sonoro de hacer que nos parezca que la cinta está patinando (o que una correa de la bandeja está estirada y el giro del plato no es regular), llegaba a pensar que la canción estaba empantanada en mi cabeza: guitarras chirriantes, mis botas pony y cocodrilos, absurda idea que tenía efectos narcotizantes en mí, siempre tan lejos de los químicos no prescriptos por los inescrupulosos médicos. Y eso era casi todo. Dos cuerpos todavía nuevos, dos mentes todavía sin demasiado pasado que creían haber descubierto en la música un bálsamo para insospechados aunque eventuales tormentos aún lejos de venir, aún tan lejos de vivirse. Uno, fascinado por descubrir que se le puede contar a alguien que nos gusta acerca de todo ese mundo absurdo que escondíamos y atesorábamos en la piecita húmeda; una, que dejaba que el brillo de dos ojos negros hiciera un simultáneo de luces con el de los dientes lechosos que los labios finos, en un ensayo de sonrisa, le permitían a uno el privilegio de ver.
Supe siempre, aunque recién hoy me descubra escribiéndolo, que el origen de mi preferencia por las mujeres de pelo y ojos negros, morochas de tez blanca (y si vienen con un solo pequeño aro de plata, tantísimo mejor) tiene origen en aquella vez que Valentina se había sentado al pie de la cama para escuchar aquél disco… (sí, se llamaba Valentina, no estoy inventando esto para que algo en el relato cierre, lo juro).
"Isn´t Anything" de My Bloody Valentine está ahora en su versión CD en una de las estanterías donde reposan mis discos en sepulcral silencio, acá en mi casa de West Florida. El fantasma de aquél disco está ahí, aunque nunca haya vuelto ni jamás vuelva a escucharlo (para éste que soy hoy carece de valor e interés alguno). A la calle San Pedrito al fondo, donde los mono-blocks, nunca más se me ocurrió ir. Seguramente hice bien, tanto como acerté al no haber retenido la casa de la abuela Aída.

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Favicon¡HOLA GALLEGO! 5 Jan 2009, 2:29 pm


El gallego José Luis vivía con su madre en un primer piso de Salguero y Humahuaca. Un ph que estaba justo en la esquina: su pieza (la del Gallego) daba a la ochava (palabra que me recuerda a mi abuela Aída y a mi viejo). Ochava. Ochava. Ochava. Ochava. Ochava. Ochava. No, no vuelve, no viene, no en cuerpo. Ochava. Ochava.
No recuerdo bien dónde ni cómo lo conocí a José Luis. Sin dudas que fue en el ejercicio de conseguir un nuevo disco o la copia de algún video. Pero no puedo precisar cuándo dónde ni por qué. En su guarida, este amigo de mi mundo discográfico tenía una de esas camas con un gran cajón debajo: al abrirlo todo eran cassettes en vivo. Recitales. Piratas. Como sea que los llamáramos por esos días. El Gallego era el máximo cultor y archivista de los piratas de Spinetta. El pingüino era lo mismo pero para con los de Charly García, pero es parte de otra historia y habitante de otra calle y barrio perdidos en el tiempo: Caracas y Flores.
Esta gente estaba bien equipada: unos grabadores tipo periodista (de los viejos, no de los de micro-cassettes) con unos micrófonos estéreo incorporados que inspiraban respeto. Sony, recuerdo la marca. El de José Luis jamás lo vi, el del pingüino sí. Esta raza de coleccionistas (que la industria llama con el eufemismo de “piratas” o “bootleggers”, industria cuyos cargos directivos siempre están ocupados por imbéciles que atornillan su maloliente culo a los sillones de sus despachos fingiendo una pasión, conocimiento e idoneidad que siempre les serán ajenos) me inspiran el mayor de los afectos y admiración: creo que nunca se les dará el reconocimiento que merecen. Ni siquiera los artistas, tan frecuentemente de mentes torpes y estúpidas, les tributan lo que debieran: ellos son sus mayores difusores. Y más que muy frecuentemente también son los mayores consumidores.
Digresión superada, vuelvo al hilo e intento llegar adonde quería: a la casa del gallego iba todas las semanas, a charlar, a pasar el tiempo, a pispear discos que yo no tenía, a mirar videos, y a intercambiar material. Yo recibía lo mío de afuera e intercambiábamos con él (y varios más) copias (sea de discos o de videos) de lo que uno no tenía del otro y viceversa.
Regresando a la pieza de J.L., con ventana a la esquina, de trazo irregular y espacio amplio, recuerdo el placard que para mí era un sitio sagrado: jamás lo tocaba y siempre esperaba a que el Gallego fuese a buscar algo o a mostrarme alguna joya nueva. Abría una de sus puertas y allí retozaban los vinilos, amorosamente ordenados. Una preciosa edición inglesa de Still de Joy Division, hermoso gatefold de un cartón áspero e impoluto, un extravagante Fresh Fruit For Rotting Vegetables de los Dead Kennedys en lechoso vinilo blanco… Todo era misterioso, magnético y mágico tras aquellas puertas: el sano morbo y la angurria (sí, permítaseme este sustantivo que tan bien suena: angurria) de mi mente abría sus pequeñas puertas al unísono de la apertura de las del ropero y el rito se continuaba. Esas imágenes no se iban así nomás sino que caminaban con uno hasta la parada del colectivo, y se subían y se sentaban al lado: todo estaba por descubrirse y el ejercicio era maravilloso: porque había muchos espacios en blanco que uno mismo debía rellenar, benditos sean los días sin internet, sin torrent, sin emule, sin soulseek y sin todas estas mierdas que corrompen cualquier posibilidad de pasíon en estado de pureza y, por ende, coartan la existencia de cualquier cabeza creativa (creativa en serio.)
En otra parte del placard, en puertas más a mano y de más abajo, estaban los VHS. El Gallego copiaba videos (su tentadora lista estaba disponible bajo los mostradores de las disquerías de Buenos Aires de los mid-eighties) y así la rueda de la locura musical giraba y giraba y giraba. Como debe ser. Y gracias a estas almas justas (gracias Joman) como la del Gallego. Y como la mía, qué tanto joder y la reputísima madre que los recontraparió a todos. La mía. Ochava Ochava Ochava Ochava. La mía.
Más grande que el día en que vi por primera vez una imagen de Marc Almond en movimiento no encuentro. Tampoco busco mucho, claro: soy muy vago y desidioso. Y aquí vamos llegando: fue en lo del Gallego, claro. Fue una de las primeras veces que pisaba su casa, cuando todavía no había mucha confianza y yo, que soy un confianzudo a largísimo plazo (confianzudo hipotecario) aún no me animaba a pedirle ni a preguntarle nada respecto a lo que tenía o dejaba de tener. Una de esas veces, entonces, entro y paso hacia la cocina. Recuerdo que de la puerta de entrada pasabas a un recibidor/distribuidor. Hacia la izquierda estaba la pieza de José Luis. Hacia la derecha entrabas a la cocina: Allí había una tele apagada en una mesita y, debajo, en uno de los estantes, dos videocassetteras con los numeritos de los cuentavueltas girando y girando: “¡piratería, piratería, terminemos con el flagelo!” Forros hijos de remilputas, hoy y siempre, saquen el culo de sus sillas y vengan a chuparme un poco la pija peronistas de decimosexta.
Vuelta: mientras el gallego, entonces, va a por un refrigerio para mí (se me antoja en este momento que él estábase zampando un café con leche y que me ofreció uno a mí), me dice: “Estoy grabando el video de Soft Cell, ¿lo viste?” En ese preciso instante se me escapó un pedo que palometeó sutilmente mi eyelit: “¿En serio, lo tenés ahí?”. Yo miraba los numeritos corriendo en el display de las viejas videos: el cuenta vueltas de mi cabeza se había pasado de rosca y me salía humo blanco de las orejas: ¡¡¡habemvs papa, habemvs papa!!! “¿No lo viste nunca?” J.L. said sabiendo de lo dementemente fanático que era yo de Soft Cell y de Torment and Toreros y de Untitled (este fanatismo era lo primero que le decía a cualquier persona que conocía en esta misión de intercambiar discos y acrecentar la discoteca personal). “No, claro que no” (en ese entonces uno sólo tenía acceso a las fotos de los discos -cuando se los tenía- o, en mi caso, a algún recorte que me enviaba uno de los corresponsales británicos, o penfriends/penpals, como se decía antes -gracias Mavi-). “¡Uuhhh…! ¡No sabés lo gay que es! ¡Nunca vi nada igual! ¡Es buenísimo!” Mientras decía esto último encendió la tele que empezó a emitir imágenes de unas minas, unos tipos y unos enanos corriendo por un set de televisión, entre esa gentuza ellos: Almond y Ball. Sonaba Sex Dwarf. Enloquecí inmediatamente. Me hice un fondo blanco de lechona y terminé de ver lo que quedaba de la colección de video-clips (corta colección de videos: Non Stop Exotic Video Show) mientras hablábamos con el Gallego de Tim Pope y de la riqueza de la materia prima que tenía entre manos para hacer sus videos: Marc Almond y un delgado Robert Smith (además de Mark Hollis). Y qué canciones. Y qué contexto histórico. Y qué mundo enorme y lleno de misterios por resolver caprichosamente por cada individuo. En fin… No, no me fui esa tarde con la copia del video: no era como ahora que cualquiera tiene cdr’s o dvd’s vírgenes a mano en la casa: había que ir a comprar un vhs (a la zona de Montevideo o Paraná entre Corrientes y Cangallo -hoy Perón Puto-). Volví al otro día, munido de un TDK y lleno de entusiamso. La noche correspondiente a la tarde del primer encuentro con Marc en movimiento, repasé los tres discos de Soft Cell, los disfruté una vez más y como siempre: más profundo que Fondo de Bikini, un océano insondable al que nos sumergíamos con una escafandra hecha con lo que teníamos a mano: la imaginación, la que todo lo puede, la que todo lo completa. Seedy Films, Entertain Me, Secret Life, Bedsitter, Where The Heart Is, Forever The Same, The Art of Falling Apart, Slave to This (ciertamente), L’esqualita, Her Imagination, Disease and Desire (¡Qué bien se titulaba! ¡Ahora no saben ni ponerle nombre a los grupos!), Soul Inside, Born to Loose (o simplemente Born). ¿Frustration? No: imaginación. “¡Todo disponible para bajarse! ¡Está todo, loco!”: Best Way to Kill (yes, it’s the best way to kill everything). Say Hello, Wave Goodbye.

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FaviconEL TÍO TOTO, MALCOLM MCLAREN 3 Jan 2009, 5:53 am


“Totím-sim-dérep!”
“Totím-sim-dérep!”
“Totím-sim-dérep!”
“Totím-sim-dérep!”
Mi tío Toto era militar, pero yo lo quería mucho. Claro, que después pasó el tiempo y la inocencia de niño se me fue y por las calles escuché la verdad. A partir de entonces la luz se hizo en mí y a mi tío Toto lo quise mucho. También. Soy un bicho de costumbre, debe ser por eso, de lo contrario no habría explicación para quererlo. Más. Corría el año setenta y nada (gran década para el rock and roll), digamos 70, 71 más o menos, qué importa uno más o uno menos, qué le hace una mancha más al tigre de la desmemoria. Yo tocaba mi ransercito, regalo de primera operación: para enderezar los pie-bot con los que diosito me escupió al mundo, el Dr. Blanco me intervino cual provincia desbordada y me condenó al estado de sitio de unas botitas marrones de Ortopedias Ioa unidas por unos fierros de apertura regulable en el estilo Mecano. Entonces, para que el freakcito se entretuviera, me compraron una valijita marca Ranser que no era más que un tocadiscos: para poner los simples simplemente levantaba la tapa, para los LP´s la desmontaba ya que el diámetro del vinilo rebalsaba el perímetro del valijín. Así andaba yo, sentado en la cama alla Marylin Monzón tocando mis disquitos, todo un proto deejay. De paso también me habían regalado una guitarra española que yo empuñaba con manitas de manteca haciendo como que tocaba (a mí siempre me gustó hacer como que hago, pero no más) mientras cantaba sobre el disco. “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” Así me gritaba mi Tío Toto y yo me descuajeringaba los fierros de tanta risa. Y eso que el tío (tío abuelo) era militar... “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” Siempre tuve debilidad por esas frases sin sentido, que no responden más que al lenguaje de la distorsión de otro aceptado por repetición circular continua e inconducente. “Totím-sim-dérep!” Lo divertido está en olvidar el origen. Y repetir: “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!”
El tío Toto y su memoria en mí están ligados a las salidas de casa. Él me cargaba a upa y me ponía en el asiento trasero de su Peugeot 504 junto a mi hermano Marcelo y a mi prima Gaby y nos íbamos de paseo. El predilecto era ir a cenar a una fonda que se llamaba “Qui si mangia bene”. Para mí era como ir a la luna. Mientras esperaba alguna de esas salidas yo le daba al ransercito: “Si se duerme Don Martín, No habrá ninguno que duerma…!” Meta y meta y meta. “De punta y hacha”. Es que mi disco favorito era “El Tigre”, de Roberto Rimoldi Fraga. Me volvía loco en mis sing-alongs de temas como “La Brigadiera”, “Se acerca la montonera” (vaya título el de esta cueca), “El Teniente Lavalleja” y “La poncho colorado”. Pero el climax del show llegaba con “Argentino hasta la muerte”, una canción de cierre insuperable. Entre sábanas nuevas practicaba mi primera espera cantando canciones épicas de tierra adentro. Y el contacto con el mundo fuera de mi casa, fuera de mi cama, estaba ligado al Tío Toto: “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!”
Vivíamos en dos o tres departamentos contiguos de propiedad horizontal, mis viejos, mi hermano y yo, después andaban mi abuela y mi tía Delia, su hijo Luis (o el Luisi). Y el Tío Toto, quien un buen día de esos buenos días entra y me dice que vamos a pasear. Esta vez al supermercado. Supongo que en esa época era Gigante, ya que no existían Cotos ni Carrefours. “Totím-sim-dérep!” El tío me cargaba, como ya dije, en el 504, luego en un changuito y me iba de paseo entre góndolas. El premio mayor, esa vez, era el poder elegir un disco que el Tío Toto me iba a comprar… Genial, sin saberlo ahí nacía la historia del “primer disco que te compraste”… Yo, con lucidez infante, pedí con ímpetu frenético: “quiero el del Tigre, quiero el del Tigre!” Pero claro, cómo no lo iba a demandar a grito pelado! Lo pinchaba en el ransercito todo el día, me destripaba cantándole a “La Juana Moro”, por lo tanto el disco nuevo que quería era el que más me gustaba: el que ya tenía. No lo digo como un chiste estúpido ni nada que se le parezca: me parece lo más lógico y atendible del mundo. The Fall antes de The Fall. Yo quiero el mismo disco porque me gusta. Mi disco nuevo es el disco viejo, si me río siempre de lo mismo por qué voy a cambiar de dentadura. Estoy siendo demasiado estúpido, perdón. “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” “Totím-sim-dérep!” Subordinación y valor! “Totím-sim-dérep!” Entonces comenzó la lucha de mi tío por convencerme de que ese disco ya lo tenía y que podía elegir otro. Ahí estaba la gracia según el tío: en tener otro! Pero no me entendían: yo quería el disco de Rimoldi, “El Tigre”. Otro. Oyente de carácter monogámico y de placer unívoco, yo quería lo que sabía querer. Como suele ocurrir en estos casos, los adultos piensan en planes inteligentes para salirse con la suya y que el niño berrinchoso no los haga cometer una tontería, como comprar lo que ya tienen. Me entregaban en mano para que yo pasee en mi changuito discos de Palito Ortega. Y yo lloraba y gritaba: “El tigreeee!”. Así durante veinte minutos. Hasta que, en un determinado momento, me dan el disco de don Roberto Rimoldi Fraga. RRF. Entre suspiros pucherísticos de desahogo y con un alivio merecido, nos encaminamos a la caja: el Tío Toto, yo, el changuito y El Tigre.
La empleada de Gigante, a pedido de mi Tío, había puesto un disco de Palito Ortega dentro de la tapa del de Rimoldi. Eso lo descubriría luego, en mi casa, aunque tampoco admitieron el truco: todo quedó en la confusión y me hicieron creer que el disco nuevo de Rimoldi era el viejo, y que el de Palito Ortega se había traspapelado. Dos tapas de Rimoldi y un disco. Yo, mientras tanto, seguí cantando encima de “Los Decididos”, girando para siempre y sobre lo mismo en mi ransercito.

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FaviconFELIZ 2009 31 Dec 2008, 10:46 am


Es tarde desde hace rato. Es inútil otra guinness en esta siesta, tan tarde de calor porteño. Y es por eso que la destapo: por la inutilidad de la acción, jamás por la temperatura ambiente. Hoy vine como vivo: al pedo. El sentido ya no lo busco pero sigo andando, pasos de teutónico titanio. La disquería, mientras tanto, no me llena de proyectos: yo la agobio con mis ideas boludas, famélicos alumbramientos voraces que necesitan de una dinámica inexistente: ahora, ahora que me aburro. El 2009 se asoma pero no es un año nuevo: los embustes son siempre parecidos los unos a los otros, idénticas trampas que nos gusta comprar en la liquidación de andar vivo. Pero ya va a pasar: "ya pasó, Germán, ya pasó..." Eso es lo que mi madre debiera decir en un continuo inquebrantable. No, nunca debió decir otra cosa, no al "¿llevás pañuelo y documento?" ni al "estaba preocupada porque no me llamaste desde el domingo": "ya pasó Germán: ya pasó". That's it.
Harto ya de discos y de libros, harto de mí mismo, los invito una vez más a que me hagan parte de su ritual: pasen de vez en cuando, vengan que es inútil: cervezas, discos, cuadrangulares de ping pong, discos y presentaciones en vivo, cenas, cónclaves confusos, otros discos y una sola cosa: un lugar, espacio o persona que no está orgulloso de ser lo que le tocó, que no se toma en serio a sí mismo ni un minuto ya que le resulta insostenible: sólo pulsión. Y pasos de teutónico titanio, pasos de teutónico titanio hasta que se desvencije el ánima.
Mis mejores deseos para todos los que quiero, que no son tan pocos. Un gran abrazo.

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FaviconRIGHT TIME, WRONG PLACE (BRIGHT MIND) 29 Dec 2008, 12:27 pm


A veces da gusto. Sí, a veces te sorprende un alegrón en la disquería. No es tan frecuente, pero sí siempre gratificante por más salteado que sea. En un par de oportunidades había venido una mujer de unos 55 años a comprar regalos para su hijo. Una señora bien, con cierta apreciable dosis de educación tal vez común para esta zona de la ciudad pero infrecuente para la media del país con que nos bendijera nuestro nacimiento. Ella (that woman) me vendía a su hijo mientras intentaba comprarle un disco, hablaba de su vástago como cualquier madre, con orgullo baboso. Para orientarme en mi recomendación me informaba sobre los gustos refinados que el pibe tenía en cuanto a literatura y música (citando a The Beatles como su grupo favorito). Le recomendé Marquee Moon de Television, White Chalk de PJ Harvey (yo lo estaba escuchando cuando ella entró al local) y el primero de Rufus Wainwright. Para su oído Marquee Moon era demasiado, un acertijo de improbable solución. El de Rufus era muy caro y el de Polly Jean demasiado triste. En la condición presupuestaria que me ataba a un disco de edición nacional las opciones se me hacían pocas, poquísimas. Muy a mi pesar le puse el disco de MGMT (desesperado yo por anotarme un poroto en estas épocas propias del Mojave), aclarándole que no estaba a la altura de mis recomendaciones ni muchísimo menos. De arranque el color sonoro y la frasecita inicial del sintetizador encontraron fácilmente la solución al laberinto de su oreja e inmediatamente me dijo que llevaba ese aclarándole yo luego que podía cambiarlo o devolverlo si a su hijo no le gustaba.
Pasó la navidad y, el otro día, apareció el hijo. Ella me había alertado sobre su particular sensibilidad para la música pero no me había dicho de su edad: agraviante. Sobre todo para una persona de mi antigüedad. No tendría más de 16 años el muchacho en cuestión. Entró y dijo, muy modestamente, que quería cambiar el disco que le habían regalado. Confirmé rápidamente lo que había supuesto de inmediato, que se trataba del hijo de la madre. La trampa sonora desde la pulida producción de Oracular Spectacular de MGMT había podido engañar a un oído inexperto en las lides del rock, el de la madre, pero no a uno adolescente y naturalmente bien orientado e intuitivo, el del hijo. El vástago, con la edad para formar un grupo de rock, en el tiempo de su cronología donde ciertos discos te cambian la vida produciendo la bienamada e irreemplazable Revolution in the Head, vino y devolvió el biodegradable de MGMT. Ajeno a las absurdas validaciones que dictan desde la prensa escrita de allí o aquí o a las garantías que se emiten a través de las ondas sonoras de radios de más allá y de más acá, y guiándose por su gutural sentido de la belleza y el gusto propios, rechazó de plano el engaño. Pero la alegría mayor fue cuando empezó a preguntar si tenía discos de ciertos artistas: Cream, Deep Purple, Zappa, Zeppelin. Genio, envidia absoluta por el pendejo que, a pesar de ser cascoteado desde los cuatro costados con pre-conceptos y con agendas culturales pre-digeridas (alimento que forjó a más de uno de nuestros “conocedores” más famosos, nestún que les llegó inútilmente y a destiempo cuando ya el cabello se les ponía mustio y las várices comenzaban a arreciar), maneja el alfabeto apropiado a una edad donde la mayoría, en este país e históricamente, estaba tan lejos del rock como mi vieja.
Estaba a punto de llevar un Hendrix (que ya conocía) y yo le dije, tras su mención de Zappa: Captain Beefheart. Se lo hice oír (a Safe as Milk) y, al segundo acorde del estrepitoso y áspero blues de Don Van Vliet, dijo: “este, quiero este”. Le expresé la alegría que me daba el que hubiera venido a cambiar MGMT (y para colmo por Captain Beefheart!!!), y lo felicité. En realidad lo envidié en silencio.
Hoy vino una chica de no más de 16 o 17 con su madre, y pidió el nuevo dvd de The Who: Kilburn 1977. Recuerdo otra chica aún más joven que con su madre al lado llevó la edición limitada de Dig Out Your Soul. En esas ocasiones soy testigo silencioso (y oneroso) del ritual de la primera compra de un disco (que, si se da en el momento adecuado, es pagado por los progenitores), justo en el tiempo cuando se producen las ya mencionadas Revolutions in the Heads. Justo eso que no les pasó a muchos y que, en el crepúsculo (o la muerte) de la propia edad para el rock, quieren meterse una sonda por el orto y mandarse una enema DE TODO. No, así no es. Así no es nada. No te podés hacer fan de The Fall a los 40. O sí, pero poco importa (hasta, y especialmente, para el que lo hace).
Que se adjunte a la entrada de la anécdota de la fan de Raphael y se archive. Será injusticia.

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FaviconDEBUT ALBUM, AN ADVANCE 28 Dec 2008, 6:36 am


Primer adelanto del álbum debut a ser editado el día 29 de Agosto de 2009.

El Oasis: "No Quiero Cruzar La Calle"

EL OJO

quiero
lo que no tengo
tengo
lo sempiterno
veo
lo que no creo
creo
en el silencio

la llave
de mi ser quiero perder
el mundo
tal cual es yo quiero ver
espejo
sin ninguna reflexión
soy ojo
pariendo exasperación

el terror
expande mi cuerpo
vértigo
y embotamiento
supresión
del pensamiento
pienso
un nuevo silencio

la llave
de mi ser quiero perder
el mundo
tal cual es yo quiero ver
espejo
sin ninguna reflexión
soy ojo
pariendo exasperación

la llave
de mi ser quiero perder
el mundo
tal cual es yo quiero ver
espejo
sin ninguna reflexión
soy ojo
pariendo exasperación

soy sólo un ojo
soy sólo un ojo
soy sólo un ojo
soy sólo un ojo
soy sólo un ojo...

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Favicon¡FELIZ NAVIDAD! 24 Dec 2008, 8:18 am


Ya he transcripto dos párrafos de la autobiografía de Raphael, "¿Y Mañana Qué?", en este blog. Y como no hay dos sin tres y el movimiento se demuestra andando...
Sinceramente estoy disfrutando sobremanera esta lectura, que voy acompañando con la compra de cada vinilo del Niño de Linares que se me cruza por el camino (si tienen alguno chiflen, por favor). Sobre la marcha se me ocurre: durante 2009 estará girando Raphael por el mundo celebrando sus 50 años sobre el escenario y dará algún que otro concierto en nuestro país en algún momento. Lo que se me ocurre es, con motivo de la visita del Artista, armar la primera "salida El Oasis" llevando a cabo el primer tour colectivo: vamos, con todos los que se prendan, a ver a Raphael. A la salida nos metemos en Guerrín a matarnos comiendo pizzas y bebiendo. Dicho esto, paso a la transcripción de un testimonio delicioso que habla tanto y tan bien de una época y de un lugar que dan ganas de ir y abrazar a la narradora. Raphael, de quien tanto suele la gente cool reírse o desestimar de plano, desnuda en su libro como nadie el concepto de fan. Hoy que todo el mundo se hace fan de cualquier cosa nominalmente y por el facebook (o, como diría Ernesto: "se hicieron fans en el colectivo, mientras venían"), esto es una lección de historia y sociología. ¡Bendito seas Niñate!



"Como el tema de los fans me produce mucha curiosidad, he buscado el testimonio de algunos de los más veteranos, y me he quedado con uno, lleno de emoción y contado con mucho desparpajo. No voy a dar su nombre por respeto y porque pretendo hacer extensivo su relato a todos mis fans. La entrevista tuvo lugar en Palma de Mallorca, este pasado año, durante mis conciertos allí. Grabé sus palabras para no tergiversar las cosas con apreciaciones de mi cosecha. Fueron éstas:

' Yo tenía una vecina que era de Linares y que conocía a un chico que había empezado a cantar en público y ya había grabado un disco. Mi vecina se llamaba Juanita. Yo tenía ocho años -¡figúrate!- y para mi Primera Comunión la señora Juanita me dedicó un disco, de aquellos que se dedicaban por la radio, me dedicó una canción tuya: Inmensidad. Fue el día 13 de mayo de 1962 y recuerdo la fecha exacta porque tu canción pero, sobre todo, tu voz, tu manera de cantar, me causaron una impresión tremenda. Yo no había sentido nada parecido hasta entonces. La señora Juanita no se cansaba de repetir lo famoso que te ibas a hacer. También contaba que, como era de Linares, conocía a tus padres y que eran de buena ley, buena gente. También me comentó que tus padres habían emigrado a Madrid. Pasaron los años y yo te escuchaba siempre que podía por la radio. Cuando ya fui un poco mayor fue cuando ocurrió todo. Yo tenía catorce años cuando me enteré, por la radio también, de que se estaba creando un Club Raphael en Barcelona y pensé que me gustaría entrar a formar parte de aquel proyecto. Pero me iba a ser imposible. Faltaban sólo dos meses para que mis padres me dieran la emancipación y yo me fuera a un sitio en Castilla la Vieja donde iba a hacer el noviciado para hacerme monja cuando alcanzara la mayoría de edad. Total, que el día 2 de febrero de 1969 yo estaba en mi casa de Barcelona y esa noche dieron un recital tuyo con muchas de tus canciones. Y escucharte cambió totalmente mi vida. Corrí a casa de la señora Juanita y le pregunté si tenía cosas sobre ti, ya sabes, recortes de prensa , revistas, todo lo que tuviera sobre ti. Como te apreciaba mucho por ser de Linares, pues tenía bastantes cosas y me vio tan entusiasmada contigo que me lo dio. ¡La pobre! Ya ha muerto, hace tiemo que ha muerto. Qué leería en mis ojos y en la expresión de mi cara que, en cuanto se topó con mi madre, le soltó de sopetón: "Felisa, tu hija de irse fuera para hacerse monja, nada de nada. Ésta ya no quiere ir por ahí, mira que te lo digo yo." Y mi madre se puso tan contenta, porque tampoco quería verme monja. Y todos tan contentos. Yo tenía apuntado el nombre y la dirección del chico que estaba formando tu club. En la carta le decía que quería entrar en el club y que me escribiera dándome los detalles de lo que había que hacer. Me acuerdo que al sobre y al papel de la carta les puse perfume para, como era un chico, llamar su atención y que me hiciera caso enseguida. No sé si por el perfume o por qué, pero me contestó casi a vuelta de correo y así entré en el Club Raphael de Barcelona. Me pusieron a hacer los boletines y yo encantada de la vida. Todavía los guardo. Guardo todos aquellos cuadernillos como oro en paño...'

Nunca agradeceré lo bastante el cariño y la admiración de tanta gente buena a través de un tiempo tan largo. Sólo quiero añadir que por todo ello me siento un ser privilegiado. Sé lo que debo y sé lo que he dado de mí mismo."

(tomado de la autobiografía de Raphael: "¿Y mañana qué?")

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FaviconCOSTUMBRES ARGENTINAS 23 Dec 2008, 2:56 pm


Acá estoy, en el caluroso local de El Oasis, etapa Ubu Roc, zona Recoleta. La neurona fríe y el aburrimiento es un colchón de DX7.
No, el título no tiene nada que ver con la canción de Los Abuelos de la Nada. De la nada es que abrí esta ventanita de "nueva entrada" y me puse a escribir improvisadamente lo que tu ojo está siguiendo en negro sobre blanco (no, en negro sobre blanco lo está siguiendo mi ojo, el tuyo en blanco sobre negro, si mal no recuerdo la configuración del aspecto del blog Ubu Roc).
Resulta que acabo de llamar por teléfono a Random Records para preguntar si ya tenían Sugar Mountain CD+DVD, by Neil Young. Luego de darme esa respuesta, la señorita Silvia (no Julia: Strindberg no vive más ni en Buenos Aires) me dijo: "esperá que Víctor te quiere hablar". Me quedé medio duro, como pensando "¿y éste qué quiere, disculparse? No creo..." Por qué disculparse, se preguntarán ustedes. Explico: En 1999 edité un CD titulado "Into a Sea of Cure" que era un tributo argentino a The Cure grabado casi exclusivamente por bandas cuyos integrantes iban a la disquería El Oasis versión primera. Era el primer CD del sello propio, mistemacbari. Inexperto siempre, infantil forever, caí en Random Records, a.k.a. Víctor Ponieman, buscando distribución del CD. Distribución en aquellos tiempos era sinónimo de "vendéselo a Tower y Musimundo" ya que esas despreciables cadenas no trataban con sellos independientes, sólo lo hacían con las aún más aborrecibles compañías grandes. Vamos haciendo una triste historia al menos más corta:
Previo paso por Black Hole Sadaic fabriqué 1000 discos: 100 eran parte de la Edición Limitada que iba en un packaging especial y estaba numerada. Los 900 restantes los distribuyó el tal Víctor Ponieman a.k.a. Random Records. El disquito era bastante digno (de tan digno que fue el primer y tal vez único disco independiente argentino que tuvo reviews en la prensa inglesa de primer nivel, no puedo olvidar el de la legendaria Record Collector que elogió copiosamente a Into a Sea of Cure) y resulta que agotó su tirada. Pongamos que Ponieman vendió 800 (hubo 100 que me quedé como "stock del sello"). No me pagó ni uno solo. Me apersonaba diariamente en sus oficinas (en aquél entonces en el barrio de Núñez, cruzando la barrera de la Avenida Monroe en una calle lindera a las vías) inútilmente para oír sus mentiras y comprobar una y otra vez que no me quería pagar NI UN SOLO DISCO. Sí, ni uno solo. Como soy informal por naturaleza yo no tenía comprobante legal válido de la cesión del disco para distribución a cargo de Random Records, por lo que no podía intimarlo judicialmente ni nada. Más de un año estuve reclamando. Ni un mísero CD me pagó este hijo de re-mil putas. Cuando me rendí, lo único a lo que atiné es a llevarme algunas cajas de discos de edición nacional que esta basura tenía en sus oficinas: Me habré llevado 100 discos, casi todos de María Gabriela Epúmer (que Dios la tenga bien lejos; de Ponieman). Esos discos los fui cambiando uno a uno en las sucursales de Musimundo como si me los hubieran regalado y yo lo hubiese ya tenido en mi colección. Los cambiaba por otros que vendía luego en mi local. Eso fue lo que saqué en limpio de mi primera experiencia discográfica.
Bien, resulta que luego de casi diez años de aquellos episodios, vuelvo a abrir la disquería, como ustedes bien sabrán. Al retomar contacto con la realidad del mercado descubro que las cosas no habían cambiado mucho. Por no decir nada: nada cambió un carajo, todo sigue como el culo. Pero un culo cada vez más caído y celulítico. Las grandes discográficas editando mierda inconexa a destiempo o no, qué importa ya, no hay criterio discernible. Además (y este sea tal vez su peor pecado) con su política monopólica (u oligopólica) en beneficio de Musimundo y Yenny abortan cualquier posibilidad de que se genere un circuito de pequeñas disquerías de rock de dimensiones apreciables (aunque la gran mayoría de esos disqueros no merezcan nada bueno): condenados están los pequeños locales a comprar en las dos únicas distribuidoras (las mismas de antes) los discos de edición nacional ya que las multinacionales no le venden más que a estas distribuidoras y a las dos cadenas antes mencionadas. Musimundo compra a 12 lo que yo estoy obligado a adquirir en 24. Todo más IVA, esto y aquéllo.
Y hay, tal como antes, una tercera patita alternativa a las distribuidoras DBN (que te exige una compra inicial de 100 títulos si querés abrir una cuenta con ellos) y LEF (quienes te obligan a comprar sólo 25 pero que exhudan miguel conejito alejandro y los grosos): Random Records, la tercera patita. Mal que me pese, y porque la vida, en estos últimos diez años, me regaló un montón de cosas que, para bien y mal, dejaron la "experiencia ponieman" en el más lejano upite universal, y para sacarme el tema de encima y "comprar esos 30 discos que pensé necesitaba tener en el arranque", llamé a Random. Hablé con Silvia y arreglé todo con ella. No tengo orgullo para estupideces (cagarle guita a un pibe que edita un disco es una hijoputez, pero la vida y Goethe me explican que, antes que hijo de puta, el cagador es extremadamente idiota) así que compré esos discos a Random y me saqué el asunto de encima. Total es sólo una voz en el teléfono (la de Silvia) y el tal Víctor iba a seguir en el plano abstracto de esta manera... Hasta hoy, hasta lo que les conté al principio. "Esperá que Víctor te quiere hablar", Silvia said.
¿Que qué quería Poniemancito? No, disculparse no...

Diálogo:

V.P. "Hola, ¿cómo va?"
G. "Bien, gracias"
V.P. "¿Volviendo al ruedo?"
G. "Sí, lamentablemente. Veremos cuánto duro"
V.P. "Una pregunta: ¿qué pasó con el tributo a Soda Stereo, Gracias Totales?
G. "Yo no hice ese disco"
V.P. "¿No, seguro?"
G. "Yo hice el tributo a The Cure"
Pausa
V.P. "Ah..."
G. "El que me distribuiste vos y no me pagaste un sólo disco. El que se vendió todo, el que vos le vendiste en su totalidad a Tower y Musimundo y jamás me pagaste: sólo me llevé unos discos de María Gabriela Epúmer que tenías ahí arrumbados"
V.P. "Es que Tower y Musimundo nunca me pagaron esos discos"
G. "Ah..." (pobre) "¿Y todavía no te los pagaron?"
V.P. "No. Tower me debe 50.000 dólares y Musimundo más"
G. "Vos no me pagaste ni un sólo disco, el único álbum que yo había hecho. Y lo que me decís no alcanza"
Pausa
V.P. "¿Te acordás del disco que te digo, no? Gracias Totales"
G. "Recuerdo el nombre. No tengo idea"
V.P. "Bueno che, gracias. Y suerte con la vuelta"

Amigos: esto es un ejemplo cabal de la moneda corriente en el mercado discográfico argentino. Créanme. Todo aquí es berreta, miserable, amoral, impresentable, repulsivo. Los distribuidores, los disqueros, las disqueras, los intermediarios, etc. etc. etc. Moneda corriente. Por mí QUE SE VAYAN TODOS A LA REPUTÍSIMA MADRE QUE LOS PARIÓ.
A mí, por los discos, se me fue la vida. Estos todavía tienen que inventarse una. Y les queda cada vez menos tiempo.

Síganme: yo sí que no los voy a defraudar (y les aclaro que me van a seguir al pedo: no voy a ninguna parte)

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FaviconRAPHAEL 18 Dec 2008, 9:47 am


"Philips estaba en el paseo de las Delicias. Los estudios eran redondos, como una plaza de toros. Estaban, los puedo ver ahora, bajando, a mano izquierda.
Aquella mañana iba a ser, para el artista que yo era desde el vientre de mi madre, la mañana de su segundo nacimiento.
Aquel día, yendo hacia los estudios en el coche y pensando en cuál iba a ser mi nombre artístico definitivo -nos pareció que había que decidirlo antes de llegar- salió la famosa "ph". ¿Por qué? Pues porque tenía que ser de esa manera.
Yo iba a grabar en Philips, y aquella "ph" del comienzo del nombre de aquel imperio industrial, no hacía más que llamarme desde el cartel luminoso -a esa hora del día apagado por supuesto- que coronaba el edificio del paseo de las Delicias.
Y, de repente, se hizo la luz, nunca mejor dicho. RAPHAEL. Para empezar, la "ph" alargaba, a efectos gráficos y visuales, la ortografía de mi nombre de pila.
Por otro lado, me permitía llamarme Raphael, a secas, sin apellidos ni nada. Cosa nada corriente entre los artistas españoles de aquella época. Intuitivamente, sabía que mi nombre de guerra debía estar encerrado en una sola palabra.
Es de dominio público que llevo ya muchos años cruzando fronteras, cruzando océanos y cruzando idiomas, con ese nombre, Raphael. Sugerido por el letrero de la empresa donde mi iban a hacer la primera prueba discográfica: Philips.
Hubo su parte de casualidad, como siempre ocurre en esta vida, pero también había funcionado la intuición. Acerté a aislar las dos letras iniciales del nombre de una firma comercial para construir, con ellas y con mi nombre de toda la vida, el santo y seña de mi carrera: Raphael."

(tomado de la autobiografía de Raphael: "¿Y mañana qué?")

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FaviconRAFAEL MARTOS SÁNCHEZ, FALÍN 17 Dec 2008, 9:31 am


"...Pero hasta eso, equivocarme, lo hago a mi manera. Un artista nace, pero no se hace, de cara al mundo, así como así. Hay que pulirlo, y tiene que ser él mismo quien se pula. Él solo, a solas consigo mismo. Una especie de "autopulición". Palabra que, quizá, merecería pasar a algún diccionario secreto de esos que hay por ahí".
(...)
"Había que encontrar un sustituto, yo estaba allí y, casi en marcha, me metieron en el autocar. Total, me llevaron al pueblo dichoso y para más inri, fui el encargado de abrir el espectáculo. Lo dicho: el telonero.
Allí me insultaron por primera vez con esa palabra, maricón, un insulto muy... español. En lugar de gritarte "vete a tu casa, desgraciao", o "eres un mierda", o lo que sea... pueso no, te llaman maricón.
Ésa fue la primera de las tres veces que he tenido que oírla en mi vida.
La segunda fue a la salida de Pavillón, en Madrid, un domingo por la tarde, después de un concierto. Había cientos de personas esperándome, y, al entrar en mi Lincoln, un "señor" (envalentonado al sentirse oculto entre tanta gente) lo gritó. Le oí y, por casualidad, le vi perfectamente. Intenté echarme encima, pero la policía me lo impidió.
La tercera vez fue, años después, en el anfiteatro romano de Tarragona, en el marco de Festivales de España. Esta vez me lo gritaron cuando acababa de aparecer en el escenario. Mandé encender las luces. Y, muy despacio, con la mano izquierda metida en el bolsillo, en medio de un silencio sepulcral, recorrí toda la grada hasta llegar a la otra esquina del escenario. Volví a subir, llegué al micrófono y, ante toda esa multitud expectante, dije: "ya me parecía que había oído mal". Me brindaron una ovación espectacular".

(Tomado de la autobografía de Rapahel, "¿Y mañana qué?")

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FaviconLO MEJOR DE MÍ 16 Dec 2008, 7:06 pm



A ver: el retorno de la disquería a su bunker físico me chupó mucha energía (y a la mayoría un huevo), tanto que lo que se suponía iba a ser una lista de 50 discos de 2008 aquí queda en 10 más dos “convidados de piedra”. En la vidriera están numerados algunos más, casi hasta llegar a 30. Vengan y miren. Y compren que los discos están, no sean maricones y dejen de bajar por un rato.

2008 ¿Arbitrario yo?

1- oasis dig out your soul

porque sí, yo sé lo que les digo.





2- fleet foxes fleet foxes

finísimo, un disco dedicado y deliciosamente delicado. the band, algo de incredible string band y the beach boys. y tanto más, pero tan bien…





3- the last shadow puppets the age of understatement

consagración definitiva del genial alex turner. para él ya mismo el novello y todo lo que venga detrás. un consejo a los jóvenes músicos argentinos: observen cómo calza sus botas, traten de aprender eso. al tipo le resulta tan natural todo que, si lucís tus patitas así estoy seguro que el resto viene solo. inténtenlo. traten de imitarle eso, no la música.





4- late of the pier fantasy black channel

soberbios: a quemar el disco de mgmt (¿pueden dejar de referirse a ellos como "management"? desde los primeros singles se los conoce como mgmt, no me jodan más con "management". management la poronga)
un pastiche electroanálogo de la desesperación y el desparpajo juveniles, con guitarras rockeras y guiños de cada rincón de los ochenta y por qué no noventas. una gloria que no se deja así nomás.





5- elbow the seldom seen kid

se les debe un reconocimiento (mayor). son una escollera de solidez, son infalibles e inapelables. ¿cuántas veces más tienen que demostrarlo? se han hecho cargo de lo que radiohead no pudo luego de OK computer.





6- portishead 3

odio que se hayan tomado un siglo del primero al segundo. no me gusta que se hayan tomado otra centuria del segundo al tercero. amo el último de portishead, deliberadamente áspero, tosco, teutón. y beth gibbons me vuelve loco con su pulcro abandono.





7- glasvegas glasvegas

me gusta, me gusta porque tiene un solo mood, me gusta por alan mcgee, me gusta por elvis, por slowdive, por jesus and mary chain, por phil spector, me gusta la tapa y me gusta el queso, de cualquier tipo. mato por una buena tabla de quesos, por picar hasta morir.





8- bon iver for emma, forever ago

de tan fragil es un disco que se quiebra, se rompe en mil pedacitos, se hace polvo en un rincón de una cabaña en Wisconsin. emotivamente bello, un disco empavonado. qué pavote.





9- baby dee safe inside the day

lamento no haberle regalado mi saco de aguayo antiguo cuando quedó fascinada al vérmelo puesto mientras conversábamos en el bar del wiltons music hall luego del último show de la serie comeback de almond ("its so beautiful" decía mientras lo acariciaba en mi hombro el ex nude-bar dancer desdentado: qué momento!!!): hubiese sido un honor cambiárselo por el raído jogging polar (tan derruído que estaba disgregado en pelusas) y luego verla en alguna foto con mi tapadito latinoamericano (eso me pasa por haber ido de viaje al noroeste argentino). pero la verdad es que se me ocurrió el trueque como idea retrospectiva mientras me volvía en subte hacia Lancaster Gate. un guacho divino este Baby Dee y un disco que no necesita más que esta descripción: amigo de El Oasis, amigo para siempre.





10- so so modern friends and fires + 000 EPs

esto no es un disco sino un par de EP´s compilados, pero El Oasis hace trampa y los incluye. porque son diferentes (como el Pitu Barrientos después de Rusia), porque son los laderos de Late of the Pier en mi cabeza, porque tienen un muy buen nombre, porque alguna vez me quiero ir un mes o dos a New Zealand, porque la gente está apurada y en otra y no los escucha. Un capricho de Ubu Roc.




Convidados de piedra del año:


the cure 4:13 dream

una vuelta a la buena forma, menos aferrados a viejos y vetustos moldes, han retomado un poco la idea de lo espontáneo. es un buen primer paso como para pretender un retorno a los picos más altos. no esperaba nada, entregaron muchísimo.





sparks exotic creatures of the deep

me gustan soft cell y marc almond desde chico, me gustan los sparks, me gusta diamanda galás, me gusta rufus, me gustan los pet shop boys. pregunta pública al analista de "el oasis", julio: ¿no seré puto como gardel, perón y maradona?

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FaviconTAN TAN MODERNOS... TANTÁN! 14 Dec 2008, 12:48 pm


Domingo a la tarde al pedo en casa mientras espero a por el fútbol del decimocuarto mundo que somos. Me olvidé de anotar el orden de los mejores discos del años según, según... yo mismo supongo, entonces no puedo subirlos al blog. Así que mientras espero a mañana me decidí a subir esto que es premio a la Revelación del Año 2008, premio para unos neocelandeses locos que se constituyeron en favoritos de El Oasis ni bien sus acordes llegaron accidentalmente a nuestros oídos. Mientras algunos esperan alguna mención institucionalizada para darles bola (porque no siempre los oídos son lo suficientemente intuitivos como para oír sin pista previa) nosotros reiteramos lo que hace muchísimos meses: So So Modern la rompe. Y, como decía mi abuela Asdrúval, "para muestra basta un trombo":

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FaviconPLASTIC TROILO BAND 10 Dec 2008, 7:13 pm


La voz de mi madre sopla el duermevela. Cuándo no, la voz de la madre que sopla en el viento cual si fuera la mamá judía de Dylan. En la confusión del estado uno no sabe si el dolor es parte del sueño, nos saca de él o lo frustra. “Tenés que pensar bien… Así, siempre pensando en lo peor, es como atraés las cosas… Seguí seguí…”, continúa el virtual cacareo maternal. ¡Está bien, está bien! Acato la inagotable orden silenciosa y me dispongo a enfrentar un nuevo día de manera diferente. Me pongo de pie gracias a mis brazos y me estiro todo lo que puedo mientras la ropa está hecha un bollo sobre un bafle que no suena hace rato pero que hace las veces de silla que hace las veces de percha. Estiro mi artritis, que las prendas sigan apelotonadas.


El dolor físico es perfecto. No, no me confundan con un masoquista. O sí, qué importa si me confundieran con lo que no soy cuando nadie puede saber cuál es la referencia a partir de la cual se desarrollarían las eventuales conjeturas/confusiones y los habituales malentendidos. Lo que intento decir es que no existe memoria de los dolores físicos. Y no pienso repensar esta última oración que escribí sin haberla pensado. Esto es al galope y rapidito, que se me entumecen los huesos.
¿Calcio, raga? Magari, caro… ¡Artrite!
Puedo reflotar imágenes; muchas en términos absolutos, poquísimas en términos relativos. En ninguna de ellas hay pruebas del dolor físico. Sé que lo hubo únicamente por un enunciado que se desprende hacia atrás desde el dolor presente y en forma de íntima historia clínica. Entonces, cuando una vieja dolencia reaparece luego de dormitar un tiempo, nada nos recuerda eso que no se puede memorizar, simplemente se hace hoy. Dolor: nuevo, terminante. Lo único que puede apartar a este dolor de espalda del centro de la mente es uno más agudo en cualquier otra parte del cuerpo. Así, el cuerpo podría representar a la línea del tiempo. El dolor de hoy es el único posible, el único más fuerte, el que no es necesario memorizar mientras sucede (ni cuando deja de ser): el que, cuando es, modifica el color de cualquier cosa de la que pueda hacerse eco la memoria.


Corría el año 1976 y vivía con mis padres y hermanos en un departamento de tres ambientes a la calle en el barrio de Coghlan. El balcón del tercer piso departamento “A” era la gramilla de mi mundo de juegos donde el campeonato de autos que pasaban por la calle Manuel Ugarte entre Washington y Naón era rey. Para volver del colegio me tomaba el colectivo 41 en lo que debió ser mi viaje asiduo en transporte público más corto de la historia: me subía en Avenida Congreso y Conesa para bajarme en la misma avenida intersección Roque Perez. Seis o siete cuadras. El boleto escolar era barato y la voz de la madre estaba en plena formación. Volvía a casa al mediodía y el almuerzo era pleno e impuro silencio: el chirriante parlante del Panoramic catorce pulgadas a transistores rezaba inútilmente con voz de Andino padre (seguramente). Mi viejo dormía de día, nunca lo veía llegar de su trabajo ya que el suceso acontecía mientras yo ya estaba en mi escuelita peronista, la República Dominicana. Los laburos nocturnos de mi padre transcurrieron durante la década del setenta y tenían sede en algunos clubes nocturnos de los que recuerdo algunos nombres, no sé si todos: ´King´, ´Cabaret´, ´Rugantino´. De este último recuerdo especialmente una taza con el logo del local y su platito haciendo juego donde mi viejo tomaba religiosamente su café de filtro (ese olor sí llega adonde el dolor físico no puede). Había una sola de estas tazas, y usarla a escondidas era como tocarle el culo a la abuela mientras dormía.


La monótona quietud sonora de los afternunes de Manuel Ugarte se rompía cuando mi viejo se levantaba. Por lo general uno se enteraba de esto gracias al aparato auditivo propio: si las estruendosas toses con posteriores carraspeos y escupitajos provenientes del baño no me alertaban, el signo inequívoco de ´papá está ya en la cocina´ era el sonar de un disco, odiado por mí en ese momento: Aníbal Troilo y Roberto Goyeneche: “¿Te acordás... Polaco?” (editado originalmente en 1971). El Wincofón estaba en un modular muy representativo de aquellos años, mueble al que mi viejo consideraba (como a casi todo lo poco que poseía) ´el mejor del mundo, de primera´. El giradiscos se escondía tras una puerta que se abría hacia abajo como si fuera la de un pequeño bar y los parlantes estaban empotrados en las dos esquinas superiores, guardando la adecuada distancia entre sí como para hacer notar las cualidades de los primeros discos en estéreo que se veían por ahí. El volumen al que Cacho, mi padre, ponía el disco mencionado tarde a tarde, preso de vaya a saber qué ritual, era inconmensurable. La puerta-ventana del balcón abierta de par en par, el viento y el rugir de Pichuco y el Polaco haciendo flamear la cortina de tul blanco, casi transparente. Y por ahí rondaba la sensación que uno tenía durante los cuarenta minutos de alarido tanguero de cada tarde: la casa era transparente y estábamos adentro todos en bolas y a merced de los ojos del mundo que nos pispeaba indiscretamente, se sentía casi como esos sueños donde te das cuenta que estás en pelotas en pleno microcentro.


Los domingos había descanso. O más bien el ritual cambiaba de forma. Venía mi viejo a decirme: “¿vamos del Polaco?” Mi respuesta era obvia: me estaban invitando al epicentro del infierno que se desataba cada tardecita en mi casa, infierno sonoro que conocía al dedillo en música y letra. No podía y no quería imaginarme lo que en ese lugar habría… ´donde el Polaco´…demasiado era ya la experiencia de ese disco girando religiosamente en mi casa toda, casi como el eco de la voz de mi predecesor desplegando toda su artillería de chistes, juegos y absurdas anécdotas vespertinas. Nunca fui ´del Polaco´, ni una sola vez. Mi hermano menor, en ese entonces de tres años, era la víctima adecuada. De ´lo del Polaco´ lo único que puedo reconstruir de segunda mano si de imágenes se trata, lo hago a partir de comentarios posteriores a dichas visitas: mi viejo diciéndole a mi hermano: “¿viste la de pajaritos que tiene el polaco?”, mientras le hacía cosquillas con los índices y pulgares a modo de picos de aves; o el comentario a mi vieja: “siempre igual: dice que le duele hasta el nombre y está con el farol de whisky hasta arriba en la mesita de luz”.


El tiempo pasó y la vida actuó por inercia. Pasaron cosas, siempre pasan cosas, más aún cuando tenemos la sensación de que nunca nada pasa. Al departamento de Coghlan se lo llevó la circular 1050 y lo convirtió en escenografía, en cartón pintado que se ve cuando uno, de tanto en tanto, pasa accidentalmente por la calle Manuel Ugarte. La vida hizo tanto y tan poco que hasta logró que, un buen día, le prestara atención a ese disco. Mi viejo ya no estaba cuando “¿Te acordás... Polaco?" comenzó a parecerme maravilloso (y ambos hechos no tienen conexión alguna). La vida, siempre tan absurda, se encargó también de que yo, durante un período de tiempo, no pudiera escuchar ese disco porque recuerdos posteriores lo hacían, en contra de todos los pronósticos, mucho más doloroso de lo que era ese tsunami sonoro que soporté cada tarde de mi infancia.
Inútil es describir un disco, comentarlo en los términos aceptados (ese género ridículo que es ´el comentario de discos´). ¿Qué quieren que diga? ¿Que en el país de las analogías locales la suma de Troilo y Goyeneche da un Lennon y que ´¿Te acordás... Polaco?´ es ´Plastic Ono Band´? Bueno, entonces lo digo. No es mala la ocurrencia, de cualquier forma. Y, para concluir o dar la ilusión de final, se me antoja: el sonido de este disco glorioso a todo volumen tronando en aquél tres ambientes del barrio de Coghlan, era el zumbido de la artirits que estaba en estado de inminencia, un ronroneo de gestación que duró años hasta que se hizo voz (yo) y que hoy, esta mismísima mañana de articulaciones empastadas, suena en mi Wincofón. Según mi vieja, este disco lo compuse y grabé yo.





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FaviconPUTO Y DE UNIFORME 5 Dec 2008, 2:07 pm


En mi archiducado se escucha lo que quiero y si quiero marchas militares, se escuchan marchas militares. Pero hoy quiero escuchar Marc Almond y bailar con frenesí demoníaco frente al espejo de agua, desnudo, desnudo en mi uniforme marcial, marcial contursi. Entonces agarro ´The Stars We Are´, disco que M.A. editara allá por el año 1988. Me acuerdo que por aquellos días viajé a Rio de Janeiro con unos amigos del colegio secundario, porque yo fui al colegio en Argentina, no sé si les conté. Podría hacer un diario de viaje casi diecinueve años después pero, la verdad, no me acuerdo un carajo en detalle. De todas formas la disquería escena del crimen quedaba en una galería, vaya a saber de qué barrio y en qué calle. Me acuerdo que en una parte del centro comercial había un puesto de jugos de fruta que ofertaba más de un centenar de gustos diferentes. Me quise hacer el exótico en ojotas y me pedí uno de no me acuerdo qué nombre, que resultó ser zapallo. Soporté dos tragos y me fui. Encontramos la disquería rápidamente y en la batea de vinilos domésticos, brasileros en este caso (en el tercer mundo todavía no eran moneda corriente los cd´s), estaba él, con sus ojos almendra, tan bien engominado, con la campera de jean abierta en el pecho escondido tras una remera negra bastante gastada, una gran argolla incrustada en el lóbulo de la oreja derecha. Era el mismo puto que no podía creer cuando lo veía en el video ´Non-stop exotic video show´, aunque mucho más discreto. A decir verdad, yo no sabía creer que era puto. Y me enamoré. Me enamoré de Marc Almond en Rio de Janeiro. Lástima que faltaban todavía tantos años para que Almendra llegase a frecuentar la perla carioca (entonces años futuros que quedaron luego registrados en otro memorable momento discográfico del genial performer, ´Open all night´), si no me lo cruzaba y quién te dice algo rescatable hubiese pasado en mi vida. Tomé el disco, traía la lámina interior a dos caras con las letras (no era un sobre, aclaro: el vinilo venía protegido en la bolsita de polipropileno de 60 micrones, era una simple lámina impresa a doble faz con los datos del disco) y todo. Un amigo me preguntó: ´¿qué te vas a comprar?´ ´Marc Almond´, le digo con la tranquilidad de estar escudado tras la ignorancia absoluta que todos mis compañeros del San Román tenían en temas relacionados al rock. Con sólo un vistazo de soslayo a la tapa mi amigo me dice: ´Che, mirá que me parece que es puto…´ ´¿Te parece…? Igual a mí no me importa: yo lo compro por la música´, fue la única respuesta a la que atiné.



Cuando más tarde llegamos al departamento que alquilábamos (una pocilga cuya entrada estaba al fondo de una galería comercial abandonada frente a la playa de fluminense, famosa por su ya para esa época antigua contaminación que la ponía fuera de servicio en el tema bañístico: para meternos al agua teníamos que tomar un colectivo hasta Copacabana), al llegar al hogar, entonces, Mugre (tal el apodo de este amigo mío que dudaba de la masculinidad de Marc. O no.) enciende el televisor. Siempre era lo primero que hacíamos al entrar, prender la tele, sin demorarnos ni un minuto: es que había que esperar casi media hora para que el viejo aparato comenzase a emitir imagen alguna. Era un blanco y negro de la época de Vasco da Gama. Para matizar la espera fui al baño y, luego de expulsar del super tazón mi marrón expulsión con baldazo de agua ya que no funcionaba la cadena, me puse a contemplar el disco. De repente la imagen asalta al televisor (se ve que bajó corriendo en patota desde la favela y nos tomó de sorpresa, se supone que así funcionan los asaltos en Río de Janeiro) y… Adivinen qué… Era Almond, era el video del primer corte de ´The Stars We Are´, ´Tears run rings´. Quedo pasmado: la última imagen en movimiento que había visto de Marc era de la época de Soft Cell, es decir de unos cinco años atrás. Estaba mucho menos escandaloso, lo que no quiere decir nada. Recuerdo hoy vagamente imágenes del video, por ejemplo una toma desde el aire, a un par de metros por encima de la cabeza de Almond, una cámara que se movía pendularmente. Decreto hoy que el video lo debe haber filmado Tim Pope, vieja loca amiga de M.A. y director de los videos de Soft Cell: el truco del movimiento pendular de la cámara lo usó mucho, incluso en algún clip de The Cure. Entonces, retomando, me encantó la canción y me gustó oírla con imágenes de fondo. En eso, Mugre me acota: ´che, este es puto…´´No sé, ¿sabés que si hablan en inglés no me puedo dar cuenta si tienen voz de puto o no?´, le replico. A lo que mugre, abriendo un cajón de una cómoda donde había montones de basura que no nos pertenecían y que descubrimos allí el primer día de estadía no sin que nos provocasen arcadas cosas como pestilentes peines con pelos ajenos y enrulados, agarra un corpiño de encaje, se lo superpone al pecho dando una media vuelta gracias a una ligera rotación de caderas y me mira con una perversa sonrisa.



Marc Almond - ´the stars we are´, editado en 1988, significó un nuevo cambio de sello para el gran artista inglés. Ahora para Parlophone y en un intento de retomar el éxito masivo que se le negó desde el suceso Soft Cell de la mano de la versión de ´Tainted Love´, Almond remoza su banda soporte (the willing sinners, hasta ese momento) sosteniendo a los claves: Annie Hogan, Billy McGee y Steve Humphreys, que pasan a llamrse ahora ´La magia´. Sin perder su genio ni su singularidad y con todo el peso de su enorme talento a cuestas, el nuevo disco logra llevarlo al número uno de los charts: nuevamente se trata de un cover, esta vez de ´Something´s gotten hold of my heart´ y el resultado artístico es inmejorable. Se pasea con prestancia siempre caminando sobre el filoso límite entre el genio y el ridículo, siempre saliendo airoso y vigorizado de tal desafío que sólo unos pocos pueden enfrentar. Grupos como My Life Story han hecho una carrera exitosa y respetable tan sólo copiando este mismísimo disco que hoy les exigimos que escuchen. Hits inolvidables como ´Tears run rings´ (una de las pocas letras con contenido político en la carrera del genial inglés) y ´Bittersweet´ se llevan los laureles de ´mejor estribillo del siglo´. La épica de los arreglos orquestales con la base rock rosado que sólidamente erigen Hogan, McGee y Humphreys, la inigualable voz y el poder del mejor intérprete que ha dado la música inglesa en los últimos treinta años, hacen de ´The Stars We Are´ un disco que nadie debería darse el lujo de desposeer. Entre otras apostillas que hacen de este disco un momento notable de la escena rock de los ochenta, una de las sobresalientes y favorita personal es el hecho de que el álbum contiene la última grabación que Nico realizó antes de su muerte: soberbio el dúo con Almond en ´Your kisses burn´, una fantástica composición de Marc llena de bruma y misterio. La voz de Nico es fantasmal, de ultratumba. ´The very last pearl´ es otro highlight impresionante, donde Almond reluce las influencias de su ´etapa española´ (Almond estuvo viviendo siempre en los puntos neurálgicos del descontrol: en plena liberación-destape español post franquismo, Marc fue un hijo adoptivo de Barcelona y generó allí varios mitos, como el de su internación por una intoxicación grave: ¿drogas, absynthe? No: semen). Volviendo a ´The very last peral´, si alguien cercano a Ricky Martin tuviera un poco de visión y un mínimo de conocimiento, debería exigirle que grabase una versión de esta canción (que incluye las palabras en español de rigor como para hacer que sea el nuevo ´livin´ la vida loca´: ´la magia… la magia… de mi amor, síiiii…´): sin lugar a dudas sería un número uno en manos del portorriqueño y también sería un poco de justicia poética: para el puto lo que es del puto, porque el puto se lo ganó.



Marc Almond es tan genial que su carrera es lo suficientemente desconocida por todo el mundo salvo por su fiel público seguidor (en su abrumadora mayoría homosexuales de ambos sexos que adhieren al costado de ícono gay; respecto a esto siempre se me ocurrió que, como uno nunca podrá escuchar a the beatles en toda su dimensión por el simple hecho de no ser inglés, yo jamás comprenderé ni terminaré de escuchar en toda su dimensión a marc almond por el sólo hecho de no ser, hasta hoy, homosexual). Marc, amigo del delta. Amigo para siempre.


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Favicon"FORSERTÍN DRÍN, SUSANA..." 30 Nov 2008, 7:23 am


Sabido es el pésimo gusto musical que tiene Robert Smith. Y si no es sabido lo informo de primera mano: es un paupérrimo oyente. Ese don (o ese un-don) le jugó a favor en toda su primera y gloriosa etapa: en un principio emuló a los Buzzcocks pero sin demasiada ductilidad musical ni grandes ideas. Se fue haciendo solo el gordito: era flaquito y con cara de bebé de mamá, sin saber lo que quería de su grupo y sin tener una idea definida fue mutando en una melancolía enojoso-frustrosa en Seventeen Seconds para llevarla a una críptica introspección donde se vislumbra el comienzo de su etapa narcótica: el cuasi religioso Faith, templo gris como todo lo que habita la noche. El ácido ingresa y con él la violencia y el limbo moderado: Pronography. O la versión pop de Lydia Lunch, The Birthday Party y The Flowers of Romance. La pelea a golpes de puño con su consorte intra-grupal (recordemos que, en 1979, el bajista original Michael Dempsey tomaba preponderancia en la consideración de la prensa y del público por lo que don Roberto le pegó un shot en el culo en favor de su nuevo amiguito Gallup con quien siempre tuvo una incestuosa relación fraternal), Simon G., dio paso a la disgregación y a los simples solistas (con Lol Tolhurst en su nuevo rol de ñoqui del rock que, como es lógico, con el correr del tiempo terminaría de la peor manera), los del electro-pop. El punto de inflexión creativo del rockero gasallesco fue su incorporación como personal permanente de Siouxsie & The Banshees (hasta entonces sólo había ofrecido sus servicios esporádicamente): se saca de encima la presión de creador único y lleva a su punto culminante su función de guitarrista (una maravilla su laburo de autodidacta en Nocturne, el fabulósico disco en vivo de Chuchi & Debanchi). En tanto compositor se le dispara el genio y, por consiguiente, lo excesivamente prolífico: entre el 82 y el 85 cranea, compone, graba y edita a saber, Pornography, los simples compilados luego en Japanese Whispers, Blue Sunshine (ese psicodélico viaje alla Mannix por el imaginario Beatle con color The Cure que bautizaran The Glove junto a su viejo/nuevo amiguito -otra vez un bajista- Steven Severin: mariquita y maricota), Nocturne, The Top (!!!), Hyaena y The Head on The Door (!!!!). Luego de este genial álbum lo que sucede es la sucesiva exacerbación del propio yo y de la identidad que se fue formando azarosamente: con Kiss Me Kiss Me Kiss Me se produce el romance orgiástico y homolítico que el afianzamiento de la nueva formación de la banda precipitó: En el 83 había regresado Porl Thompson (como favor de cuñado para cubrirle el desconcierto y la orfandad de alineación que se produjo post fist fight con Gallup, favor que se extendió hasta fines del 92 más gauchadas durante el 93 y 95), hacia finales del 84 contrataron a Boris Williams, quien haría cambiar las debilidades de don Roberto: comenzó a preferirlos bateristas y rubios, ya no bajistas. Thompson y Williams eran best friends, Robert y Simon retomaron su fraternal romance y la vida del grupo era comunitaria y relajada (por no decir un relajo de drogas y sexo con lo que venga, sleazy pípol gorosítol). Decía, con este clima se grabó Kiss Me en un castillo francés, encerrados y pasándola bomba bomba. Así hicieron lo que podría ser la transición hacia el Be Here Now de The Cure: Disintegration. Luego viene Wish, donde lo maricón de Kiss Me y lo excesivamente Gloomy de Disintegration dejan lugar a una versión más rudo (dentro del alfabeto Cure), firme y espontánea: Wish. Aquí se produce el pináculo de The Cure como banda de rock: su mejor gira, su mejor formación, su mejor producto global: disco, serie de singles, arte de tapa, giras, etc.; en definitiva el disco menemista de don Roberto: una vez más fabulósico. Lo que quería decir con toda esta perorata digresiva es que, la falta de buen gusto musical y el carácter de pésimo oyente que caracterizan a Roberesmí, forjaron su singularidad a fuerza de su innato talento creativo para armar una linda casita con lo que haya a mano, aún cuando no sean ladrillos. Así hizo una carrera brillante y a la que se le debe el mayor de los respetos y reconsideraciones: hizo discos mucho más interesantes que, por ejemplo, Radiohead (ni hablar de Coldplay).


Ahora bien, luego de la epopeya Wish, esa falta de buen gusto le comenzó a jugar en contra: en combinación con baja de ventas, la masividad de otrora por el piso, desesperación, inconmensurable ego herido, cabeza quemada, repetición de sí mismo, grotesca imagen que se acerca a Gasalla y se aleja de la mínima idea propia, etc. etc.


Aún así produce alguna que otra cosa rescatable, pobreza a la que uno se va acostumbrando y considerando con la mejor de las buenas voluntades porque uno quiere lo que quiere y no importa mucho más. Así pasamos por el no tan malo como se piensa Wild Mood Swings, por el sobrevalorado aunque coherente Bloodflowers, el fallido The Cure y... Y bueno, vuelve Porl Thompson (luego de haberse retirado, como dije, cuando cerraba el 92 para cumplir, unos meses más tarde, el sueño del pibe: ser llamado para tocar con sus ídolos absolutos de la infancia, Page y Plant; nueva digresión: Porl, que sí es un buen oyente quiso, en medio de las sesiones del orgiástico Kiss Me, grabar una canción country -sí, don Roberto cantando una folky alla Neil Young- pero el gordito adicto al lipstick se horrorizó con la idea) y todo se encamina solo: no hay más ñoquis en la formación (goodbye mediocre roadie Perry Bamonte) ni gente demasiado grasa (léase Roger O´donnel). El baterola rubio de turno (desde fines del 95) es Jason Cooper, ex Marc Almond wannabes My Life Story (brillantes), contratado a través de un add en NME; técnicamente superior al metronómico Boris Williams aunque los toscos fans deban acostumbrarse primero a su estilo como para vislumbrar y reconocer sus aptitudes. Gallup sigue ya como marca registrada insustituible de la banda (¿New Order sin Peter Hook, The Cure sin Simon Gallup?) y Robertito mismo retoma, por contagio, su mejor nivel como cantante y guitarrista (en el show del Albert Hall de 2005 ya podía notarse el determinante cambio de semblante del quejoso cantante por el solo hecho de verse bien rodeado nuevamente). Así se disponen a grabar 4:13 Dream, disco que posponen una y otra vez hasta hacer la espera a por él la más larga de la historia de la banda: prácticamente cinco años. Yo no daba dos mangos aún con la reaparición de una mínima idea luego de tanto tiempo: cuatro singles consecutivos previos al disco, editados el día 13 de cada mes, Thompson de nuevo en la gráfica (y no sus hijos, o sea los sobrinos de Mamá Cora, los que dibujaron la tapa del homónimo que produjera ese fantoche que labura para Korn), etc.


Desde hace muchos años pensé que la única posibilidad de cambio para The Cure pasaba por una decisión extra-musical que los forzara a dar un volantazo: debían obligarse, pensaba, a hacer un disco de una duración máxima de 42 minutos (aunque lo ideal fuera 37:22): Basta de aferrarse a las posibilidades del formato CD (desde Kiss Me el gordo se obstinó en llenar todo lo que se pueda la capacidad del plastiquito de mierda, nunca bajó de los sesenta y pico de minutos) manejando así un erróneo concepto del exceso. Exceso de postres es lo que tuvo durante los últimos trece años este Roberesmí.
Bueno, al hilo de nuevo, no sé si alguien oyó mis plegarias pero algo parecido a lo que pensaba/deseaba ocurrió con 4:13 Dream (que hace un año y medio era prometido por la tía Roberta como un doble de ciento cincuenta mil canciones): 52 minutos que para The Cure es como decir 25. Y éste no es el único formato repetido hasta el hartazgo que finalmente rompen: otro gran indicio de mejora sanitaria es la canción final, que dura 4 minutos (y no la típica coda Cureana de 8 minutos reiterándose y derivándose sin fin) y no parece en absoluto a nada que hayan hecho en el pasado (no, ni a Shiver and Shake).
El disco tiene algunos tics derivativos, sí: un par de b-sides de la era 84-85 resuenan aquí y allí, un valsecito con remembranzas de Jupiter Crash (Sirens Song), un High parte dos (The Only One) pero no mucho más. Un ripp-off/guiño a New Order en la intro de The Reasons Why, claro. Pero luego, lo que parece un comienzo ininspirado (The Real Snow White) con "You´ve got what I want..." produce un giro en el puente/estribillo cuando "I made a promise to myself", curva que resulta ser brillante. Y con este ejemplo me quedo para dar una idea de lo que es el disco: a esta altura The Cure no puede ya desprenderse de sus ropas (siempre las medias de Yobertito van a tener el mismo olor a patas) y entonces viene 4:13 dream que, en lo basal, es más de lo mismo (en tono saludable ya que se nota atraviesan un momento con algo de inspiración), en casi todas sus canciones, en la mayoría de sus momentos. Pero sobre ese lienzo felizmente conocido como la palma de mi mano, la bestial y rockera guitarra de Porl, la infinita y perenne habilidad melódica de Smith (como cantante y también en su rol de singularísimo y único guitarrista) dan sutiles y soberbias pinceladas que le cambian la tintura al sueño, a ese sueño que empezó en la pieza del fondo de lo de mi abuela, con unos posters y fotos pedorras más unas cartas de alguna corresponsal inglesa, un centro musical marca Riviera, un acolchado de colores y mucha humedad (la rejilla del techito de la pieza se tapaba con las hojas del gomero convirtiendo de vez en cuando a la guarida en pecera). Yo me dedico a mí mismo The Hungry Ghost, una canción Cure soberbia, con unos maravillosos arreglos de guitarras de Porl (solo hecho con el switch del distortion incluido). Me merecía un disco de The Cure así. No sé si ellos, pero yo sí.


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FaviconWWW.MYSPACE.COM/UBUROC 25 Nov 2008, 3:54 pm


El Oasis fue, es y será una disquería: el asunto es ponernos de acuerdo en qué representa esa palabra (hoy, ayer y siempre). Ubu Roc (o sea El Oasis, es decir yo, Germán que me puso mamá) abrió como una disquería convencional en abril de 1995 (festejando el primer aniversario de la aparición de Supersonic) y marcó a fuego al mercado local desde el comienzo y para siempre: escuela que garabateaba en la pizarra con tizas de la propia desesperación, eso es lo que fue (y será). Muchos entendieron lo que no se entendía (o lo que no había que entender) y se hicieron amigos. Otros muchísimos no, y se lo tomaron a mal. Hoy, luego de una hibernación intracraneana de algunos años, regreso con un local, pero no se confundan: disquería no es un lugar donde se venden discos, disquería soy yo, que además vendo los mejores discos. Y los edito, y canto en vivo, y hablo y ceno con ustedes, y después hablamos un poco más mientras cambiamos el disquito. Este espacio tiene como finalidad que todos aquellos que alguna vez estuvieron en el local de Belgrano vengan a verme a mí, la disquería, al nuevo local de Recoleta, sito en las Galerías Santa Fe, Av. Santa Fe 1660, Local 26. Y que vengan los que no vinieron, los que no se enteraron, los que no quisieron, y los que son más jóvenes y no habían entrado aún en la espiral del elepé: aunque no compres más discos porque sos de la generación iPod te aseguro que, si venís, el azar operará (porque eso es lo único que hace, cirujano del tiempo) y un provecho personal sacarás, alguna palabra que alguien espete sin mucho sentido abrirá una puerta en tu cabeza, aunque más no sea para que, al final del día, agregues otro nombre más en el buscador de canciones de tu computadora. Acá en Ubu Roc se venden discos que los tiempos que corren han etiquetado como torpes objetos que tal vez ya no te interesen, pero en este lugar también se vive, habla, respira, canta, planea, ejecuta, delira, marchita, cree, bebe, fantasea, dicta... Se hacen muchas cosas que, en definitiva, van a darle algún sentido a tu librería virtual de canciones que, de por sí sola, no existe. Pronto subiré audios grabados aquí mismo, para que escuchen la vieja cancioncita. El Oasis presenta: Ubu Roc, La Última Disquería.


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FaviconSEMILLA DE PESADILLA 18 Nov 2008, 11:35 am


Durante mi primer viaje a Londres quise ir a ver a Crime and the City Solution. Corría el año noventa sin mucha artritis que digamos y yo estaba en mis primeros días transatlánticos. Siempre fui de aferrarme a una idea de origen desconocido (o alguna vez conocido pero no más) y actuar en consecuencia: en mi cabeza yacía el dato "Crime & the City Solution en Subterranea el jueves" y ni se me ocurrió chequear la información antes de salir. No había comprado una guía de calles A to Z al momento por lo que espié un ejemplar en un cornershop y sólo entonces partí raudo a tomar la combinación de subtes, con el laberinto en mi cabeza. Salí de la estación de destino como quien sale del túnel con la casaca azulgrana un domingo soleado y me encontré afuera con aires de margen y suburbio de suburbio, coches en autopistas y trenes que pasaban elevados por aquí y allí, monoblocks o "council estates" o como quiera que se deba hacer mención a esos bloques grises y tristes reflejo fiel del cielo londinense (construidos por el phonavi). El punto al que quiero ir es que no encontraba la puerta del mencionado club por ninguna parte y, a medida que la hora avanzaba y la noche se materializaba para dominar los ánimos, mi calma desidiosa se iba deslizando hacia un modo de leve inquietud cada vez más pronunciada, dando lugar luego a pizcas de incertidumbre y por qué no a una que otra pincelada de angustia que comenzaban a dibujar un cuadro de extrañeza y controlable desesperación. Inocente e ignorante comencé a subir los apocalípticos ascensores del council estate más próximo bajándome en cada uno de los pisos: caminaba por este y por aquel pasillo sin encontrar nada más que mugre, puertas y paredes en estado de avanzado abandono y menores salvajes erráticos (fauna autóctona del laberinto de la decadencia de la megápolis). Yo que salí a por el ritual, para presenciar la magia de ver lo que tanto había escuchado en la pieza de lo de mi abuela donde dormía y me desvelaba las noches de 1985 y 1986 con el primer y único London Calling, yo que pensaba que estaba haciendo lo mismo que cuando me tomaba el 63 para ir a ver a Don Cornelio y la Zona pero en inglés, me encontré de golpe y porrazo (gracias abuelas Eudosia y Aída) en una página del 1984 de Orwell o de alguna otra novela de futurismo escéptico de mitad del siglo XX: caminaba y caminaba los renglones, me asomaba al precipicio filoso de una hoja amarillenta, bajaba la pendiente hacia el lomo de la encuadernación y lo remontaba luego en el sentido contrario, más lo único que veía eran más y más pasillos pestilentes. Bajé por vez definitiva el ascensor hacia la noche también definitiva del jueves aprestándome a desandar las mismas calles y cortadas en busca de algún cartel que dijera "Subterranea" (ya me había resignado a no divisar un grupo de personas que estuviera en la calle a la espera de algún recital: se había hecho demasiado tarde, aún más tarde que hoy). Pocos minutos después me encontraba volviendo hacia la estación del trenecito que me condujera a la habitación del guest house de Finchley Road (dudoso barrio de inmigrantes africanos que queda un par de estaciones más allá del señorial barrio St. John´s Wood: Ay Andy K, si la deficiente Londres te tuviera para que estamparas en tu programa esos tan dolorosos contrastes del capitalismo...) cuando en el momento en que menos me lo esperaba veo en sucesión microscópica del tiempo tres imágenes: una insulsa puerta de doble hoja plateada que se abría, un hombre en sus treintas cargando dos bolsas de basura y una placa más chica que la de un dentista sobre una de las dos columnas que enmarcaban a esas dos sordas puertas platinadas, placa que rezaba: "Subterranea". Como en un sueño y sin responder a ninguna lógica doméstica, encaré al garbage man con la desesperada intención de recuperar el recital que suponía había ido a buscar (concierto que bien podría estar dentro de una de esas enormes bolsas de residuos, o por qué no en las dos, duplicado pesadillescamente en un loop continuo): "What time is Crime and the City Solucion on?" Eran las 10:25 pm, nada puede estar por ser "on" a esa hora y en ese lugar del planeta, ni siquiera Crime and the City Solution. Pero en mi cabeza no había un reloj, sino infinitas esferas: todas marcando una hora diferente y yo intentando sincronizarlas de modo absoluto. "They were on tuesday at 7:30 pal..." Yo no me rindo así de fácil: "Will they play a new date?" "I don´t think so".


Me volví nomás, tras haber experimentado lo que seguramente fue la semilla de una de mis pesadillas recurrentes de los últimos veinte años: yo en Londres dándome cuenta de que, a cinco o seis días de haber llegado, no había revisado las carteleras de las revistas adecuadas en busca de recitales ni salido de mi morada, desesperado por la sensación de haberme perdido todo. No hubo nada que anotar en el cuadernito esa noche al volver a la guarida, ningún intento de conservar una memoria externa del acontecimiento (ni del no acontecimiento), nada: sólo más trenes y molinetes mientras iba pisando baldosas que necesitan ser traducidas en su camino desde la retina hacia el cerebro; luego una habitación deprimente, una cama pegada a un lavatorio cuadrado y mohoso, una silla movediza y ropa arrugada por todos lados. Entre tuesday y thursday no hay la misma distancia que entre martes y jueves. Entre tuesday y thursday existe la misma diferencia que entre un tomate en el estante de un supermercado Disco y un "tomato" en la góndola del Tesco´s: una imperceptible y aplastante enormidad. Insalvable.


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FaviconUBU ROC, DONDE EL OASIS 18 Nov 2008, 11:23 am


Decir lo que decimos es exagerado. Eso de que el disco desapareció para dar paso al macabro plan urdido por la tecnología y obtener un sustituto que suena parecido aunque es ciego sordo y mudo en los detalles nimios -esa información imprescindible para adentrarse en el imaginario del artista- por supuesto que es hiperbólico. Cierto resulta que el cd-r es como un espejo roto, perdón por la analogía, pero la imagen que devuelve desde el plateado anonimato es la de un disco anémico, quebrado, incompleto. Inclusive más claro y revelador es que el disco no ha muerto ni desaparecido de los países importantes con consumo apreciable, allí dónde se reinventa y trata de acomodarse a los mandatos del tiempo capitalista desobedeciendo la lógica impuesta por un mercado que no sabe muy bien hacia dónde va, pero al que se le presenta batalla con el simple recurso de las ideas. Parece agonizar aunque únicamente se está regenerando como objeto fetiche, y así lo entienden ya varios músicos y centenares de sellos que ofrecen cada vez más mitología (ediciones cada vez más limitadas, tapas hechas a mano, booklets numerosos en páginas, venta por correo, etc.) para conservar la épica y no asistir al funeral. De donde se ha ausentado para no volver nunca es de los lugares encumbrados en la insignificancia geográfica más absoluta: el ejemplo más rotundo, este, la Argentina, ese páramo idiota que extraña y pide más pobreza, más atraso, menos comodidades y nada de discos.


Vayamos por partes, aquí jamás se consumió demasiado rock ni demasiado de nada aunque ahora las ínfulas por interesarse en algo remotamente inaccesible han descendido a rasgos esqueléticos. Y el rock tampoco fue favorito del público en ninguna etapa pero justo es admitir que en años de menor ensimismamiento local y cierta bonanza económica la gente consumía algo de su medicina. Desde luego que en cuanto los vientos cambiaron hacia este espíritu macabro latinoamericano e indigenista y la propuesta estatal basada en la infelicidad se cumple al pie de la letra en su mandato de ser cada vez más pobres, es obvio que a nadie se le ocurre continuar alimentando el artificio musical en forma de discos originales. Yo digo, ¿por qué no? Si total NO hacerlo no genera ningún beneficio mientras que retornar a la antigua práctica al menos nos restaura el sentido del gusto por algo. De todos modos la elección del sustituto puede entenderse aunque no se comparta; se trata de un orden de prioridades y a esta se la dejó de lado. Un poco de eso y bastante de infidelidad encomiable con los placeres personales. Más bien se me dibuja la idea de que el breve entusiasmo discográfico había sido efímero y contaba con la ventaja de los tiempos. Dólar barato igual a felicidad instantánea en casi todos los niveles de consumo. ¡Qué lindos tiempos para saciar el gusto por uno mismo y no esta impudicia de vivir chapoteando en la basura mientras se dice con autismo ejemplar que salimos del infierno! ¿Alguien podría regresarnos rápido al banquete? Volvamos ya a los dominios del demonio así le ponemos algo de satisfacción a esta nube negra de estupidez imposible de imaginar.


¿En qué andábamos? Estábamos en que el efímero entusiasmo mostrado por algo en Argentina admite el sustituto apócrifo con facilidad adolescente y cuando rápidamente la ensoñación acaba y el estrépito de otra realidad convence que lo que antes interesaba ya no tanto, o al menos no lo demasiado como para tomarse el trabajo de comprarlo, nos engañamos con la ráfaga de entusiasmo propuesta por la miseria: mejor así, me grabo un montón de discos y los escucho todos sin necesidad de gastarme un montón de plata. Como respuesta es torpe y el montón de discos es remoto. No hay que gastar un montón de plata para adquirir el objeto real ni tampoco los escuchamos todos en megabytes, y además ¿qué valor hay en esto último? Probablemente tampoco lo haya en gastar el dinero de un disco original pero el recorrido es más genuino y contiene la alfabetización imprescindible para descerrajar el disparo del deseo en el cerebro y que las neuronas beligerantes digan todo el tiempo: lo quiero, lo quiero, lo quiero. Así funciona la avidez de rapiña de la posesión. Ahora, hoy, prácticamente a nadie se le ocurre iniciar la travesía de comprar un cd original y elegir su procedencia; y esto no se debe únicamente al precio inflado al que lo llevaron estos últimos gobiernos -adalides del atraso consuetudinario- sino, también, a la práctica masiva de escuchar música de soslayo, de a temas, de fondo, para estar a tono con esa idea obtusa de las modas. Y está bien porque cada uno decide el curso de su existencia y qué hacer con ella, pero todo aquí tiene la rara virtud advenediza de un adorno intercambiable y lo único perdurable es la enumeración de nuestros infinitos fracasos. Unos tras otros. Decretado por consiguiente que el disco carece de valor nos conformamos con el rumor de ese disco, con adivinar los colores de la tapa. Así se nos acaban las expectativas y la paciencia (a nosotros digo) y recurrimos al fino arte de hablar que El Oasis en su etapa Ubu Roc maneja como herramienta primordial para volver pese a no haberse ido. Entonces que El Oasis (es decir yo o sea Ubu Roc) hable es natural: nunca dejó de hacerlo aún en el derrumbe permanente. Esto que corre sobre tus ojos en negro sobre blanco (o viceversa) y habla en tu cabeza es la manera de volver y de rechazar cualquier hábito elemental de sentido común. Como fue siempre, así de simple, y haciendo caso omiso a las formalidades que todo lo tiñen de hábito supremo. La música sigue y la recompensa hoy acá es hablar de ella. Escuchar los ecos del deseo urgentemente infantil de decirle a alguien lo que pensamos. Aceptamos con naturalidad las circunstancias diarias y, como nos gustan las malas costumbres, sería interesante volver a juntarnos a hablar de rock, de la exuberancia, de la exageración del gusto o la tirria por tal o cual disco; en definitiva, a hablar de lo que nos es menos ajeno. Hacerlo casi por fatalidad con formato de seminarios, charlas o como gustemos llamarlo: disquería. Es muy probable que no seamos eminentes pero, al menos, no reposamos mansamente creyéndolo. Enceguecidos nos proponemos la enciclopedia de errores y malentendidos que hicimos durante tanto tiempo en un local: hoy en otro, más reco