sen , gol , bang , rap, dios, finEso <br> ¿Te acuerdas aquella vez que predije la muerte con la picardía de un santo? Tú estabas ahí, tan presente. Un recuerdo que vale la pena oler tres veces, que vale la pena desvestir y llorar de vez en cuando. Porque tú lo abarcas todo y lo repletas, lo llenas de vacío y no dejas espacio para mí Y ahí, en la ausencia de mi masculina realidad, en silencio, me receto las ganas de tocarte. Aunque sepa que en 20 años más llorarás haber dejado escapar mi cuerpo repleto de mar, eso no me alcanza. Yo quiero tu olor conmigo esta tarde. Aunque mi profesión merezca tus brazos arrugados y arrepentidos, yo quiero comerme tus labios hoy. Borraría todo mi talento predictivo de cuajo de tener tus manos arrullando mi frente con la suavidad que nunca supiste darme. Si de momento aparecieras rogando mi abrazo por esa puerta, si me pidieras hoy mismo que saliéramos a caminar de la mano y que te hiciera el amor, yo dejaría estas voces que me repiten que los hombres se matarán unos a otros y que me cuentan que mi recuerdo insistente te tocará las piernas cuando cumplas 33. Me encantaría amarte de frente y no tener este recuerdo difuso de tus manos amarrando tu pelo. Que mi presente y mi futuro de nada sirven si no me enseñas con dulzura como la miel de tu boca mancha mis camisas. De no tener que depender del futuro para llenar mi plato de comida, olvidaría que no tuvimos el valor de tocar con las manos lo que, en el centro del pecho, nos distraía. En la impotencia desaparezco entre tanto mundo enardecido y rezo por que todo esto sea mentira, pido por el ti y el por mí. Por el nuestro placer muerto en un bostezo. Aún así, siempre esta la porfiada esperanza de un redoble de tambores y un te quiero, que logren rearmar en cualquier espacio, cualquier por ti. Es entonces cuando me atrevo a decirte, en mi doble ocasión de crecimiento, en mi nueva opción de darme a luz, que si te he visto no me acuerdo. Aún después de sufrir ese abismante dolor de crecer, de ver mis huesos partirse en miles de fragmentos incandescentes, de ver mis músculos extenderse como elásticos vencidos, de rellenarme de litros de sangre y de carecer de miles de neuronas, porque la pubertad así lo quiso. Qué más podría señalarte un día cómo hoy, que los buenos días se dicen de pie y sincronizados. Que desde esta trinchera seguiré escribiéndote cartas y esperando que mañana pueda ser otro día. Ojala lo que digo sea mentira, que nuestro dolor sea momentáneo y que esa micro no me pise a las 3. Ojala (y esto de verdad te lo digo) que todo lo que he dicho (como me dijiste) sea mentira. Porque si tu mientes, yo te creo.Eso La vaguedad del escenario daba la horrenda sensación a pollo crudo: Un pegajoso, grasiento y nada apetitoso plato. Si las ganas estaban ahí, en ese momento, no era por nada más que un ataque de ira doctrinariamente contenida. Por un afán absurdo de recordar lo que vivía un niño luego de la muerte de su perro [1]. Pero la soledad persistiría y su ambición de percibir su rabia, sus buenos deseos y TODO SU AMOR en ti, hacen que su oído se tape de raíces recalcitrantes y tu ropa se manche con baba de caracol, hacen que en conjunto la masa rece y se conviertan en seres de buen vivir gracias a la intervención magnífica de la cordura y del grito pelado, que hacen tira cualquier intención de construir.  El escenario seguía ahí y los personajes que yo veía, seguían dispuestos en una ronda de hombres y mujeres prolijamente intercalados. Sin cavilaciones giraban mientras proferían violentos gritos y protestos, balas y camiones. Yo no ver podría, mi dialecto básico e infiel, poco persistente y HUMANO se quedó mudo ante tanta opinión contundente. Ladraban, se exiliaban de un lado a otro y esgrimían en el proceso tanta justicia, tanta democracia, tanto deleite, tanta paz, tanta caca. Tantas palabras dignas de un ensayo en francés.
Cómo decirlo para no dejar hablar a la soberbia. Lo intentaré de este modo: en la ronda se estaba formando un grupo de auto ayuda para eyaculadores precoses, es que ahí no era cosa de estar calientes, era un problema del tipo: -Derramar sobre ti mi humanidad y mis deseos, mi autocomplacencia y mi impavidez, mi pasión y mi incondicional pornografía- Porque yo no espero que termines, N O - M E- I N T E R E S A. Opinaban solos y en la ronda el rito se construía así: uno salía al centro y en el baile declamaba cómo veía el día y como se hacía para enfrentar la muerte en tono nada pedagógico. Expelían uno a uno su hedor público, como quien tendrá el displacer de conocerse. No dejó de llamarme la atención, sin embargo, como su rostro al mismo tiempo develaba singularmente cuanto había sufrido, cuanto odiaba a su madre, cuanto podía llorar o cuantas horas planeaba robarle a ella en dirección opuesta a la verdad. Miles de escenas se recostaban sobre mí mientras los veía. Una fue la más gráfica; me hacían recordar las salas de espera: tan llenas de susurro violento, innecesario y cruel. [1] el curso preguntaría por él, le abrazaría y le daría un poco de su colación. Ergo, un pequeño triunfo para el dolorEso 
Yo vivía en un departamento cuando chica, no quedaba en la esquina, pero sí cerca de la intersección entre Ejército y la Alameda. De noche los colectivos y sus dueños hacían que conciliar el sueño fuera difícil. Desde mi balcón, mirando a Ejército, se podía ver en la vereda de al frente una tienda de tortas en el primer piso de un antiguo edificio. Pero no era una tienda de tortas cualquiera. Ahí la discusión no era si el pastel sería de merengue, de majar, de chocolate o de naranja.  Su negocio era el de la decoración estrafalaria de las mismas. Habían tortas que emulaban una cancha de fútbol, otras al ruedo del vestido de una muñeca (ver fotografía) y algunas hacían las veces de un carrusel. Yo con seis años, apenas podía ver por encima de la vitrina y para mi esa tienda, junto con la ferretería de la esquina, era el mejor lugar. Si bien justo bajo mi casa había una sala de juegos con flipper, imaginarme una torta de esas en la mesa de mi living para mi cumpleaños, era en sí toda una experiencia. La dueña de la tienda se llamaba Hilda Cárdenas y usaba un parche en su ojo izquierdo. Nunca le temí, nunca me escapé de ella como sí lo hice de los leones que estaban en la plaza que aún existe en el bandejón central de la Alameda. Incluso pensaba que, en una de esas, se le habían quedado pegados los párpados una mañana y que no había tenido la suerte de tener una mamá o una tasa de té al lado. Ahora que lo pienso, quizás simplemente había perdido el ojo, lo había dejado en el velador de algún amante. Ahí si que hubiese tenido sentido el "toma, aquí tienes mis ojos, son tuyos desde esa primera vez".Hay poca gente que se atreve a hacer lo que dice. Supongo que gracias a Doña Hilda yo creo más en los hechos que en las palabras. Siempre me gustó todo lo que contaban sus tortas, mucho más de lo cualquier otra me pudo contar. Una vez me atreví a entrar a su negocio, yo ya tenía veinte años. Estaba convertido en una estupenda universidad dos por uno, situada en el, ahora, barrio universitario de la Capital. Doña Hilda me regaló un capri de chocolate blanco relleno de guinda alguna vez, creo que ya no los venden más. Eso 
Silencio, abrazo, palabras, no hay más que. Tus ojos, tus manos, en mi cuello.
Mientras las moscas rompen nuestro silencio. Que jamás es absoluto, que siempre es necesario, que ahora necesito menos que besar. Té
té puro , té supremo. eso quiero
Eso NO SEA ESTÚPIDO-----> LAS SEÑALES NO SE CREAN EN VERSO LOS RECADOS ÍNTIMOS NO SE MANDAN POR CORREO NO SE RUEGA QUE APAREZCAN SE MIENTEN A LA CARAEso Él tiene su memoria y a ella le inyecta sus salivas como pavo de año nuevo. La enfrasca en un perímetro reducido de deberes, decires y conocimiento ilustrado. La usa como fuente de dinero y la adoctrina moliéndola con versos de otros, besos ajenos y normas del tránsito. Que esto se puede hacer y que lo otro está prohibido, que la manera de llegar a cualquier lugar tiene un método más eficiente si se lee y se memoriza un poco. Para ser sincero, veo en él recuerdos envidiables, casas en la playa y noches de intenso estudio, completamente equipados de detalles precisos. Él es señalado como uno de los filósofos más importantes del siglo XX y no hizo más que recordar el momento en que había nacido y que no cansa de describir como "una tarde lúgubre en que dejé de creer que el cielo algún día podría derrumbarse encima de mi cabeza".Conoce todas las palabras que están escritas en el diccionario, recuerda con exactitud las caras de todos los que han compartido con él un viaje en metro. Sabe los países del mundo y sus capitales, repleta de datos los cajones y compra con ellos más para seguir guardando los libros, las clases, las conversaciones, la materia, las citas, los artículos, los cumpleaños y los nombres. Canta además con precisión toda canción popular y puede nombrar a más de 53 autores rusos sin arrugarse. Conoce su cuerpo, cada parte y sus funciones, cada hueso, tendón,musculo y freno; están por él dominados. Una vez me confesó que se desvela por los peces en áfrica, porque sabe que son demasiados. Por eso me pareció tan extraño verlo ayer caminando sin recordar quién era. aunque igual dudo que así sea, desde el colegio siempre él recordó con mayor precisión que yo.  Eso 
mala persona miedosa persona culposa persona absurda persona violenta persona obscena persona cansada persona enferma persona dulce persona inocente persona invisible persona persona sola muchas personas
LA MISMA PERSONA ((AMOR DE PERSONA))Eso  Había esperado 35 minutos la micro. Habían pasado también alrededor de 10 canciones. Me subí sin decir el hola que acostumbro, no estaba de humor. La micro por la demora estaba repleta, así que tuve que reacomodar mi bolso varias veces, y sobajearme con una manga de desconocidos. Por suerte quedaba una esquina y una baranda para mí, un pequeño placer cotidiano. Quede frente a un trío de trabajadores, recién me había duchado y sentía mi olor como si fuera verano. Me puse a pensar en él.
Suenan los beatles en mi mp3 y veo a un señor babear. -¿Cómo tanto sueño?- pensé. Pobre señora a su derecha, se ve incómoda. Se hace a un lado y justifica su continuidad en el asiento con un movimiento de hombros, como si quisiera pedir disculpas en nombre de él.
Me empieza a sorprender el agua que brota a borbotones desde su boca. El hombre hace globitos y su saliva recorre su cuello copiosamente. Paro la música.
El hombre está convulsionando.
Como puedo, llego donde el chofer. Le digo, asustada, que hay un hombre que convulsiona en la parte de atrás del vehículo, pero me mira y me dice que no puede hacer nada. Llamo a una ambulancia, están fuera de servicio. A esas alturas la gente está alterada. El hombre convulsiona violentamente desde su asiento. Llamo a carabineros, me dicen que llame a una ambulancia.
El hombre con los ojos blancos, escupe copiosamente y empieza a hablar como en un transe. Vomita con vehemencia todo el dolor que tiene acumulado en su asiento, todas las mañanas, tardes, y noches perdidas en comprar un pan, un pan que le sirve para pagarle la mantequilla al banco. Escupe palabras que no se le entienden; guarda, expulsa, mea y palpita todo un diccionario intenso, propio y necesario. Transmite, como una lava incesante y ácida, una lengua nueva entre los pasajeros; mientras yo temo que se la muerda y se ahogue. Miro el reloj, seguro llegaré tarde. El señor ahora se pone de pie mitad por convulsión, mitad por ira y señala un perro que está afuera del transantiago (al menos eso es lo que veo que señala desde mi posición). El señor escupe en la cara de una niñita que, de los nervios y la náusea, se pone a llorar. Salta luego, sin pudor, por entre medio de los pasamanos y la gente se empieza a asquear. Ya no es lástima lo que sienten, porque está hablando de temas que no se conversan ni en la mesa ni en el transporte público, esto ya es una falta de respeto.
En eso un joven, cansado del espectáculo, lo toma del torso y lo zamarrea. El señor se despierta. Aún en estado de shock, se nota que no comprende nada. Le preguntan si esta bien, si quiere algo. El niega con pudor todo ofrecimiento. Toma una botella de cachantún y se bebe de un solo sorbo toda el agua. Toda la micro se ríe.
Vuelve el silencio.
Luego de tres cuadras, el hombre se baja como si nada. Todos retenemos el aire y nos miramos sospechosamente. Tres cuadras después se sube un viejo con muletas.
Sólo entonces, podemos volver a respirar en paz. Eso 
Mis zapatillas nuevas durmieron a mi lado. Me las saqué para poder dormir, para dormir cómodamente digamos, y para demorarme menos en conciliarme en el sueño.  No puse mucha atención donde las dejé, en general no me fijo mucho donde pongo las cosas y mi madre me suele sermonear por ello. Usualmente creo que tengo la suerte de no poner mucha atención, pero lo que hice anoche fue un despropósito. Fui descriteriada y provoqué un desastre de proporciones irónicas que aún desconozco. Me desabroché los cordones de una zapatilla y me la saqué, la otra fue desenfundada producto de mi pie, que ya liberado, la empujó y la hizo volar por los aires. Las 2 cayeron dentro de un perímetro similar. Pero yo caí a un lado, tenía demasiado sueño y estaba demasiado contenta como para fundar un día nuevo antes de dormir un rato. Así que me arropé y desarropé durante la noche. Supongo que me debatí entre un lado y otro y también asumo que mi respiración se encendió a ratos y mi pecho se empezó a querer continuo y acelerado desde la noche anterior, sospechoso estado de temor y regular sensación a leche condensada. Cómo si esto fuera una pregunta, me respondo que es verdad y que lo sustantivo justifica la existencia de mis labios y mi lengua, aunque me confundan con su carencia de aliento cada vez que lo pronuncian. Al despertar miré a mi derecha y ví un charco de sangre. Era, para ser precisa, una tela roja y cordones que amarraban a mis zapatillas antiguas por el cuello. Las nuevas estaban durmiendo plácidamente a su lado, o lo estaban aparentando, no había ánimo para descubrirlo. Las muy sínicas durmieron pegaditas a mi y yo irresponsablemente las dejé solas, así que el amanecer ya me mostraba lo inevitable, se habían agarrado de las lenguas los dos pares rojos y olímpicos, así no se puede. Luego de volver del shock, tomé a las viejitas en mis manos y claramente se podía ver, sin peritajes forenses, que había luchado. Las viejas canallas estaban amarradas y en silencio, de ellas emanaba un olor putrefacto. Después de haber pedido tantas reivindicaciones deben haber estado cansadas, no las culpo. Así que las saqué afuera, las dejé a un lado del basurero y les di sepultura. En la noche, cuento corto, me puse las nuevas y según lo que he escuchado últimamente estaba muy feliz, bailé como nunca.  Preferí no hacer ninguna denuncia, lo que a veces no me permite dormir bien. La culpa aparece de tanto en tanto porque estoy conciente que soy la única testigo ocular del desastre y si no hablo, este incidente nunca se va a saber. Pero cada vez que en mitad de la noche me despierta el remordimiento, me pongo mis zapatillas nuevas y vuelvo a dormir. Igual como si fuera un ejemplo de inverso multiplicativo: entre más duermo con ellas, menos vergüenza tengo. Y no es por justificar nada, ni menos que no haya superado la muerte, pero la cicatriz perpetua en mi talón y el conglomerado de ampollas en mi metatarso no son nuevas, son responsabilidad de ese parcito que ya van rumbo al basural. Así que no te atrevas a mirarme así; que tú chala, a estas alturas del otoño, deberías estar durmiendo. Eso 
 Dios creó el universo y los hombres han creado a Dios. Yo creí que las cosas no podrían salir así, yo sentí. A veces me hace feliz mentir, hacerme la indolente, la náufraga. Porque sólo así tengo el poder de hacer creer, fuera de juicios personales o intuiciones correctas, que lo que digo es cierto. Sólo así hago beber veneno y respiro en paz. Si existen veces en las que se es capaz de creer que todo es cierto, que la recopilación de estos siglos de estudio en algún grado pueden ser verdad, esas veces deben ser necesariamente producto de la sensación que he querido matar tantas veces, tienen que ser hijas de las ridiculeces que me hacen sentir gigantes en mi garganta y monstruos en mi vientre, que me hacen morderme la lengua de las ganas de ganarme un premio, de requerir un cuerpo completo. Que hacen de la bendita presencia del tu y del yo, algo lejano a un mal chiste de borracho con plata. Lo que quiero decir, es que se me hace imposible callarlo todo por la vergüenza de la palabra bonita y que quiero descuartizar y dejar podrir todo aquello que merece mi pasado somnoliento, para así tener que parir la razón de amar locamente todo lo que me haga respirar. Eso 
 Y no sé, el reflejo de las luces brillantes en el espejo me hicieron recordar una y otra vez la especie de bondad que vivía en sus ojos, la especie de respiración cierta y constante, su olor a árbol maduro, milenario, sobreviviente y verde, que despertaba al retardado de mi cuerpo sin razón aparente. Y eso, cómo te iba contando, me sorprendía hasta el punto de estallar de risa sin pudor ni celo. Y mi orgullo quedó para mañana en la mañana, cuando después de tomarme una aspirina, le conté en su cocina que no me llamaba Gloria. Me llaman por la otra línea, hablamos más tarde. Eso 
Era una mujer de estatura media, pero con unos tacos que se los quisiera pulgarcito. Tenía el pelo largo, pero no tanto como para que uno concluyera que cantaba aleluya en las micros. Caía rubio mirado desde algún ángulo de la calle monjitas y negro desde otras calles. Caían juntos de manera pretenciosa y bien cuidada, en ondas que desde lejos apostaban todo por ser cafés el día 22 de marzo del 66. Pero seamos honestos, el pelo era lo último que uno le miraba. Cuando la vi por primera vez, cuando vi su cuerpo apretadito por primera vez, me estaba bajando de una micro. Ella esperaba la luz verde para así poder cruzar y yo haría lo mismo una vez que la alcanzara con paso apurado desde la media cuadra tarde que me dejó el señor conductor. Andaba con un vestido cortito. "Llamativo" como diría la vieja de mi madre si la llevara a la casa y la presentara como mi pareja vestida así. Era un vestido de ejecutiva de banco color calipso, un jumper simple, pero más arreglado que uniforme de escolar adolecente. Lo tenia pegado al cuerpo, al 1/4 de cuerpo que tapaba. Al cuerpo de diosa, que no sé bajo qué fórmula matemática, lograba mantenerse dentro del vestidito sin salirse por el cuello. Desde el semáforo, hasta el lugar donde yo la acompañaría con la mirada caliente, la vereda se transformó en un espectáculo. Su fisonomía jugaba en un compás de seducción callejera, de deseo incompleto, absurdo e infantil, como un polvo colectivo de puro mirarla. Guachita rica. Y no era sólo yo, era cada uno de los hombres que se toparon con ella. Grandes, chicos, flacos, padres de familia, emparejados, acompañados, solos, estúpidos, galanes, flaites, cuicos, a pata o en auto . Todos tenían una opinión, una calificación o un mijita rica en los labios, en los ojos o en donde usted prefiera. Ninguno de nosotros podía evitar examinarla, morderla, recorrerla con la mirada de punta a punta, desde todas sus infinitas puntas. Un par se atrevieron a dedicarle unas palabras, pero de puro calientes no más. Si hasta las mujeres no le quitaban los ojos de encima. Eso si, en este caso, no sé si de envidia, de culpa o de calientes también. Es que con las mujeres nunca se sabe. Sólo uno de los miles de hombres que la desearon, un hombre de piel clara y ojos evasivos, decidió dejar el anonimato y tomarla por el cuello, besarla, tocarla y almorzársela ya no sólo con los ojos. Con libreta en mano hace años, la había terminado por poseer, por comer viva. Perro astuto, escultor prolijo, ídolo y maestro. En mi opinión ha sido de mis mejores días, hasta que vi la portada de la Cuarta hoy en la mañana mostrando el rostro oficial del femicidio nº 42 de lo que va del año. Era ella, estoy seguro. Estoy seguro porque el hombrecito ese, como decía la crónica, la asfixiaba a ella. Su peso la quebraba varias veces y la sobrepasaba, la terminó por vencer. Él era su marido y los demás unos imbéciles que caían producto de la meneadita de la suelta de su mujer. Por eso la mató. Pero la mató sin cuchillo, la asfixió de repudios, de garabatos y de maltratos. La encegueció con su seguridad de niñito bien y la obligó a callar, ella no se resistió mucho. Uno es animal de costumbre y la sociedad encerrada en su casa poco ayuda. Porque si lo hizo la reina del koala y el rey del sandwich de potito, es mejor callarse la boca y ser feliz con lo que tocó. Ser agradecido y quizás exitoso en la medida de lo posible. Por eso la mató sin armas, sin las manos, sin entierros, ni menos homicidios dignos de best seller. La mató despacio, por el peso del cuerpo, de manera metafóricamente efectiva. Nunca más sería invisible frente a ella. Si doliera menos, escribiría mi relato en primera persona, si me doliera justo y necesariamenre hubiese muerto de la sorpresa y de la vergüenza, pero el crimen se paga caro desde el día que crucé la calle mirándolo todo desde ella. Desde la que sería portada del último diario, del que escribo yo.  Eso 
Mi nombre se deletrea, no se lee de corrido. Está fragmentado y en constante revolución. Mi nombre mira al cielo y asiente, no le escupen en la cara. Pero si le pegan, duele.
Mi nombre se apretuja cada tarde al volver a casa y se desvanece cada vez que lee cosas sin importancia, cada vez que nace un pronunciamiento por mero deber. Mi nombre se nutre de la esperanza que tiene, de la férrea intención de encontrarse. El nombre de cada uno contiene cientos de caracteres, contiene un sin número de significados.
El mío, esta noche, se asemeja a la palabra constitución, concierto, cofradía, cojín, pliegue o dolor. Mi nombre enmudeció en el momento en que me parieron, mi nombre luchó en medio de la confusión. Mi nombre se libró de la sal, de los azúcares y de los condimentos, de cualquier ensayo de vitamina, destacando que no es cómplice de ninguna extracción de mineral. Mi nombre no anda solo, lo atocigan desde que se vence hasta que se pierde, apellídome inevitablemente amor. Él muerde y jamás anda con sencillo. Él comenzó a temerle a la muerte y entonces se reprodujo. El suena a la hora del escapismo y del juego. Mi nombre lo abarca todo y mañana podría empezar a ser verbo, silla o una compañía. Mi nombre se cansó de mi y yo de repetirlo a diario. El vuelve cuando yo le diga, come cuando yo lo mando, se desaparece cuando yo no existo, se conoce sólo el día que sea legible. Tendrá sentido mi bien el día que alguien lo intuya, el día en que el mundo se constituya en la palabra universo, el día que se me bautice.Mi nombre es en definitiva, estadísticamente, mi mayor causa de muerte, mi razón de vivir.  Eso 
Si uno alcanzara las manos con una escalera. Si pudiera escalar hasta sus manos y dormirme ahí, yo sería escalera, sueño y mano. Y me recogería, me haría dormir, me llevaría a ese lugar rápidamente y en las manos volvería a rezar. Si yo fuera yo y escalera y mano, no lloraría más y sabría que mi oficio es ser escalera, mano y yo. No habrían más dudas ni complejos, por que la desnudez de la mano sabotearía cualquier intento mío por aplaudir o cualquier intento de la escalera por dejarme caer. Si la escalera yo y la mano, si nuestra trinidad incorrompible, se llegara a saber, yo invitaría a todos a sentarse en las manos, a subir por la escalera y a reposar en mí. Si me sintiera mano, escalera y yo misma, no habría silencios ni camas deshechas, habría escondites y buenos deseos. No sé cómo aún no te das cuenta, no sé cómo aún no se lo cuento a tu mano, a la mía y a los miles de pies que forman la escalera que soy yo misma y las manos que siendo mías, son tus manos.  Eso 
noches Eso  Todos los hombres se llaman Ernesto. Todos ellos son tranquilos, callados e impertérritos (casi aburridos). Pero una vez regalada su arma inaugural en la pubertad, una vez en el campo de batalla, son sanguinarios e inconmensurablemente abrumadores (un respiro). Todos los Ernesto son hombres y todos los hombres morirán algún día. Eso 
 El hombre moriría de un infarto. Tomó la bandeja preparada por su madre un par de horas antes y se la llevó fría a la pieza de atrás. Prendió el televisor y puso el canal 99 en silencio, quería construir la misma imagen que lo acompañó sus 24 años de matrimonio y las infructuosas salidas de domingo. Después de comerse toda la comida, sintió el ruido de un zancudo que entraba por la separación de la ventana que se había prometido hace meses reparar. Lo vio y tuvo temor de lo que podría hacerle a él, de la sangre que podría perder y de lo repulsivo que le parecía que chocara con su cara. Justo cuando lo vio acercarse se sintió como Dios, como uno escrito con mayúscula; creíble y en silencio. Se dio cuenta que en sus manos estaba la decisión de que el bicho siguiera con vida, se sintió poderoso y humilde porque aún sentía no uno, sino miles de bichos volando y chocando con su cuerpo, sentía el deber de matarlos o salvarlos a todos durante su ingenua excitación por manejar el vuelo.
Después de unos minutos viendo el recorrido que hacía por la pieza, la responsabilidad lo desesperaba en su asiento, así que recurrió al método de decisión que le había resultado más efectivo en los últimos años: el sorteo con papelitos. En un pedazo de diario escribió “si” y en el otro “no”, los doblo y revolvió entre sus manos, en un paso rápido dejó caer uno sobre la cama. Lo abrió y leyó claramente NO. La misma sensación que a los veinte le recorrió la espalda, las mismas tres veces que su futuro lo echó a la suerte hoy la sentía otra vez. Su mujer, su droga y su bistec a lo pobre. Decidió dejarlo en libertad y en ese mismo instante sintió como el animal recobraba fuerzas y sin duda daba la impresión de no querer vivir, porque en un acto suicida imprevisto, se lanzó sobre su cara. El hombre se meó de susto, y aplaudió mortalmente justo sobre su cabeza. El insecto esquivando cualquier pronóstico murió a las 18:52 de la tarde. El hombre estaba meado. Pensó en Dios y en los papelillos, pensó en los dolores de su pierna y en las imprecisiones de los políticos en huelga, pensó en su madre, pensó en la soledad. Se limpió las manos y entendió que ahora le quedaban sólo dos teorías: o Dios no existe o se limita a contradecirlo. Pensó en la carcajada de su hija, pensó en Franco de Vita, pensó en las cosas que podría haber hecho, pensó en el banco, pensó en su trabajo y en las ganas que tenía de aprender paracaidismo, pensó en ella y en la antigua demolición que evitó por un par de meses. Pensó en el dolor frío de su brazo izquierdo. Eso 
Yo merezco ser quemado a diario porque no me sé defender. Porque no tengo cómo. No sé ni como me llamo, ni cuántos hijos quisiera tener, quizás ninguno. No sé discutirle, no tengo ningún argumento para hacerle bajar la pistola, ni para articular siquiera la simple frase "señor no me mate". Eso
 Lo que de noche sonaba como angustia aserruchada, desgarradora y ensimismada, en la mañana olía a cigarro culposo y orgásmico a las 3 de la mañana. A una de esas melancolías infundadas, a esos miedos a la muerte cubiertos de polvos vencidos. Lo que de pronto salvaba el día, hoy no hacía más que esparcir como fuego en casa de madera miles de bichos raros cubiertos de experiencia. Se absorbe en el aire cualquier valor para saludarte o cualquier excusa para adormecerte. Hoy tú te escapas conmigo, hoy me escarmiento por tanto silencio. Las moléculas de pecado al fin vuelan libres y tu estampa pulcra me duele en los ojos. Eres gigante y perfectamente creíble. Eso es lo que me deja nula de excusas. Yo merezco un par de zapatos de tacón y lloraré lo que dure el trayecto de vuelta a mi casa. Me siento, me paro, me vuelvo a sentar. Mi parto habrá de desaparecer. Mis comillas resolverán cantarte un sonido mudo y resucitar la piel con tus caricias. La calma llegará a atormentarme de nuevo con mil preguntas y ninguna respuesta y estaré lista en el transcurso de la mañana, lo prometo, para seguir creciendo más y aprendiendo menos. Esa mañana habré de madurar. Que los ricos son ricos, que los pobres, pobres. Que la culpa se borra limpiando los mocos y rezando antes de cenar. Que a veces se borra criticando eso. Que a veces les gustaría sacarse los dientes, sacarle los dientes, y comerse una copa de helado más grande que la 38 D. Que bueno que se les haya movido el piso, que buena que es la unió social, que bueno que está este sándwich, que linda es la cultura. No te creo nada. Ni lo que comes, ni lo que duermes, ni lo que cojes, ni lo que no bebes, incluso no creo lo que podrías llegar a mentir. No te creo nada. Guardada dentro de un bolsillo y de pronto el silencio que mata cualquier pudor, que me adormece en una canción estremecedora que no hace más que matar mi decencia. Abro los brazos y no tengo la fuerza para desvestirme y dormir. Sólo me agua la boca, la nariz, las mejillas y la frente, el débil comienzo de una absoluta indiferencia. De una exquisita mantequilla y de una verdad sin muela. Tu abrazo no me cansa, cada vez que lo vislumbro me aquieto en un miedo insufrible a que sea el último, y no deja nunca de tener la torpeza del primero, la lujuria de los instantes venideros y la sencilla razón de deberte amar, de no tener otra alternativa más que mudar el ánimo para conocer tu nombre. Conocer cada una de tus sonrisas y perfectas perversiones. Me dolería la mano si escribiera de noche. Si lloro en la pieza oscura después del humo, de las piernas cruzadas y la más sincera soledad. Pronto tocan a la puerta. Se enmarcan y se desarman por más de 23 minutos. Pero inminentemente la violencia superaría mis buenas intenciones y repetir los dos o tres números que configuran mi obsesión con la basura y la recriminación pro muerte tendrá mayor sentido en mi seguridad. La letanía de tus palabras evocando las mías, plajeando mis ojos, reproduciendo una y otra vez tu intención de abarcarme infinitamente, es absurda a la hora de tu risa emulando mi ingenuidad. En la plenitud de mi humana situación vertical perpetua. En la sinceridad de no creer lo que estoy subrayando, porque no lo examino. Porque no voy a examinarlo más. Porque yo me creo lo que rezo, no habré de hacerlo más. Hoy aplaudo la realidad, me la como, y comienzo a construir algo digno de mí. Algo digno de trazar dos veces. Eso 
 La tomaron por sorpresa me dijo. No alcanzó a reunirse con ellos me dijo. La subieron a golpes y se la llevaron vendada en un auto con olor a amoníaco me dijo. Con olor a pipí de gato, predijo. El pulso lo tenía por el cielo y la circulación por alrededor de sus manos se había cerrado entre el morado sonido de las cadenas le dijo. La tomaron por el pelo y se lo sacaron le dijo. Pero ella no dijo nada, ni un nombre al boleo les dijo. Sólo el de su hijo abortado le dijo. Un hombre la tomó por corriente. Corriente en su boca y en sus pudores, le dijo. ¡Tu madre esta muerta putita! le dijo. Practicaron con cianuro en sus venas, repito. Un joven le quemó los dedos con soplete, se dice. La metió en una bolsa y se le resbaló al mar se dice. Pero al mar le revientan en las olas los sayones y en su orilla la dejó, él dice.
El cuerpo flotó, silencio. Silencio al ver el cuerpo expulsado y descompuesto-nos dicen.
Fue un crimen pasional nos dijeron. Uno común y corriente, se dijo “uno digno de portada de diario” se hizo. Las hermanas fueron entonces a buscar el cuerpo ya de luto. A pedirle ayuda al juez, le dicen. -¡En nombre de Dios, váyanse a escribir un cuento!, les dijo. Usen su vasta imaginación en algo productivo-les dijo.
y ellas dijeron de boca en alto que sus paredes nunca más fueron blancas, roja pintura adornaría su puerta. Su cama y su nula conciencia. Su nula conciencia en las camas de otros que exhiben pistola en su mesita de té.
bautizaron ese año: Promesa de roza, de Roza con z. Eso 
Hay noches oscuras que revientan en la cara y a ella no le gusta la crema pastelera, así que no se expone. Mil veces ha escuchado a Sinatra pero no importa, igual se siente culpable de llorarle a un mafioso. Le encantaría que le pagaran por escribir, de eso viviría. De eso moriría. De un ataque a la escritura, de un desastre en su colon y en su mano, por exceso de tinta. A Emilia los desarrollos no le gustan, los resultados la desarman y lo peor de todo es que en un acto desesperado terminó escuchando detrás de la puerta que para él, ella nunca fue importante. Si le hubiese propuesto tamaña fuga romántica que tenía planeada hace años en su diario de vida, él le hubiese dicho que no. Emilia no estaba preparada para ello. Quizás estaba preparada para un no sujeto a condición, pero no para un no rotundo. A Emilia le encantaría que su dolor fuera sólo porque él la quiere olvidar. Pero en la realidad su dolor desde esa tarde, es porque él nunca tuvo la intensión siquiera de recordarla. Es que Emilia imagina mucho y esa noche imaginó que estaban enamorados. Pero no, simplemente Emilia tenia una carencia de afectos que le hacían ver corridas de manos en todas partes. A Jorge le desesperan las conversaciones que no tienen que ver con él. Le cansan porque es sincero, no tiene otro tema simplemente. Abusa de su secretaria y pide dientes para el chanchito José (que es la única herencia que le dejó el avaro de su tío). Jorge lucha hace años con un dolor de espalda terrible. Con unas pastillas que le secan la boca. Y con una cuenta de agua que llega hasta las nubes. A jorge le gustaría tocarlas a veces. De niño soñaba con su textura y con amanecer saltando por entre el algodón de sus partes. Pero las dos veces que estuvo a punto, se despertó con la cama empapada. Asunción cree en los santos. Concepción queda más al norte que Puerto Montt. Para un antofagastino son sureños los de Conce, los de Santiago, los de Puerto Montt y los de La Serena. Los de Valpo se pueden quedar pintando cerros de postal. A mi me gusta mi nombre, pero es muy común. Muy común y corriente. Le tengo un pavor enorme a la electricidad. Me molesta un poco la garganta y apenas e leído la tapa de los materiales 1. Me apestan las despedidas, pero ya era tiempo de anunciar una. La primera de muchas. Y se siente bien, no puedo negarlo. Se siente bien porque el exorcismo era para con mi cabeza. Así que soy la primera mujer sin cabeza. Tim Burton estaría orgulloso de mí- y mi mamá también- A Emilia le gusta Jorge, pero no lo conoce. Jorge nunca ha visto Emilia, hasta hoy a las 6 de la tarde en la estación de metro Baquedano. Asunción es amiga de ambos y le encanta Concepción. Yo me metí de puro boyerista. Los vi a los tres en el metro y no pude olvidar el roce de sus manos al amagar un saludo apretado y torpe. Todo lo demás lo inveté. Tengo sueño y quiero salir de vacaciones. Quiero salir con vacaciones para que conozca la playa, se merece un descanso también. Eso  Hay veces que ella se levanta dormida, y camina un par de metros soñando. Puede que se despierte en la ducha, eso es relativo. Todos aprenden a veces. Ella se cayó de la ducha y ahí supo que la cadera quedaba en la mitad del cuerpo y que con ella sostenía todo lo que, con sus huesos quebrados, atravesó. Todos aprenden a veces. Con un dolor de extremaunción, dramatizó un eco lejano. Le compensó el orden del domingo y retorciéndose en el suelo se vio, como siempre, con el sol en la cara frente a un acantilado. O saltaba, o la mordían los perros, era elegir la muerte. Era adormecer las cartas desgarradoras que había recibido y saltar. Desangrarse, pero por dentro, sin que nadie supiera y sólo entonces, no habría cómo devorar las palabras entre tanto poema legalmente recitado. Si abría las piernas, sabía que iba a ser para siempre. Y ahí acostada sobre el piso helado del baño, no quedaba más que adormecerse con uno u otro recuerdo para que dejara de doler, para que chorreara lo necesario y pasara el tiempo justo para que su hermano la alcanzara a recoger en blanco y la llevara a un hospital. Y si después de esto no te conmueves, no sé que podría hacerlo. Tengo 3 costillas rotas y la cadera hecha pedazos, nunca podré parir hijos de apellido no sé y nunca podré acercarme a una cuna sin que la criatura sea ajena. Así que no temas que soy tuya. Así que no dudes que la sangre que derramaré no lleva tu nombre, lleva el de la muerte que no para de toser a tu lado. Y no te hagas el dormido, despierta. No te hagas el dormido que te ves repugnante, hasta las moscas caen muertas al suelo. Guatón cobarde, ¡despierta te digo!
Ella fue la que cayó al suelo, tócame la cicatriz.
mierda guatón, despierta.
Eso 
- ¿De dónde viene ese olor a poesía? -Del mercado supongo -Supones mal, esa manía tuya de simplificarlo todo -Esa manía suya de no callarse -¿Qué dijiste? -Nada -¿Escuchaste? -Escuché: escuchaste -Ponte seria -Y, ponte seria -Que desagradable -Que bueno que se haya dado cuenta sola -Tienes fiebre -No lo había notado, entre tanto milagro que sale en la tele, pensé que me había tocado uno a mí. -Porque lo haces todo tan difícil niña -Porque quiero que me recuerde. Necesito que se acuerde de mi nombre, cuando yo me… -Cállate -¿Le dice eso mismo al que va a ver los domingos llueva o truene? -Él no me responde, he ahí su gracia -Ahora sí estamos conversando -No, tú estas hablando sola. Ya pásame el brazo para tomarte la temperatura. -Tome, mi brazo. -Niñita tonta ¿por qué te vences? -¿y porqué habría de hacer algo distinto? -a usted le dan pan y no tiene dientes -tengo, pero me devoro lo suyo señora -¿Vamos a empezar de nuevo? -Las veces que hagan falta mi amor.  Eso 
Por eso le gruñó, le explicó y le reclamó que no tiene nombre -Busco tus ojos en los suyos- le dijo -mientras no tienes idea de que esto lo escribo para ti- -No tienes idea e ideas a otra-. Le reventó la negligencia. El porqué con ella fue distinto -dímelo fríamente para poder despedirme de una vez-. No puede, no le da el cuerpo. Dormido, cansado, exhausto. -Miénteme por lo menos, empújame a la calle, escúpeme en el vestidito nuevo- No lo soportó más, no quería tener que llegar a hablarle denuevo a través del espejo -Qué me hiciste, qué te hicieron- -Olvídame como ya lo hiciste hace tanto tiempo, concédeme esa frase. Dime como lo hiciste tú –no paraba de increparle No le gustaba el sabor de su boca y menos le gusta el dolor de sus manos heladas -te odio, te aborrezco, me eclipso, me desangro - Se desperdiciaba su sangre, su nombre y cada una de sus pulsiones. Nada natural tenia sentido, nada humano se tornaba concreto -nada en tu nombre supera el capricho- Lo merecía, eso lo tenía claro, y su piel se empapaba; sus piernas chorreaban hasta el suelo. Su dolor se había tornado piedra, se había quedado inmóvil, la hizo creer en los milagros. Le había logrado quitar la fe. No le lastima, no le carga y eso mismo le deseó. Aún a los pies de su cama tuvo el valor de tomar un lápiz y escribir en el suelo, antes de que él alcanzara a llegar y escuchar a destiempo toda esta catarsis. Yo le dejo mis manos en la puerta a Clara, siempre me pareció una joven encantadora que dignificaba a cualquiera con su bienvenida. Le dejo mi inocencia al joven de ojos tristes, que aún cuando me pareció que se desvaneció hace algunos años, hoy me doy cuenta que nunca ha vivido más que en mi cabeza. Les ruego, conserven mi paz. Le dejo mis óleos azules al anticristo y al semi dios, para que pinten otra cosa que no sea ellos mismos. Le dejo todas mis lágrimas a mi profesor, a ese que se emocionaba tanto cuando las teñía en sus manos. Renuncio a mis últimos 4 sorbos de agua, y se las regalo a mi familia, que yo no me arriesgo ni siquiera por terceras guerras. A dios le dejo mis candados y mis llaves de sin razón, una maravilla de nada y absoluta soledad. Un conflicto menos y un gracias, tres regalos caros y un aleluya. De pronto nada, nada más que silencio. Le dejo a todos los que lean mis ojos, para que los usen, para que abusen de ellos. Me desabrocho y riego el pasto con mi aliento, mi sudor y mi herencia para que otro sí pueda plantar en él. Les ruego, no olviden prenderle fuego a mi cuerpo disgregado, así no tendré que caminar, sólo tendré que planear por entre el vacío, por entre medio de cada pedacito de aire arrejuntado. Por eso les dejo mi todo y mi más. Por eso les pido que me dejen nada más que el extenso número de recuerdos que componen mi yo, que me hacen daño y que me colman el alma. Déjenme la parodia que nadie más que yo pudo armar. Déjenme en paz, pues no tengo nada más que ofrecerles.
Dánae, Aguas Blancas, 1959. Eso |
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